Cuando las carcajadas suenan mejor

juanraza

Estimado, o no:

Intento vivir buscando lo mejor que ofrezca esta única experiencia que es la vida. Sé que lo que acabo de decir es muy cursi y que podría estar en cualquier libro de autoayuda pero es que la alternativa es aún más tenebrosa. De todas maneras, los cementerios están llenos de personas que decidieron, no sólo buscar lo peor, sino además inaugurar grandes infiernos para aquellos que les tuvieron que soportar. Como intento buscar lo mejor, sé que me gusta estar rodeado de buenas personas, de arte, de música, de literatura, de viajes y de un poco de lo que los catalanes llamamos “rauxa”. Tengo muy claro lo que me gusta. No obstante, tengo aún más claro lo que no me gusta. No me gusta madrugar, ni los que hablan en los conciertos, ni los que juegan a palas en la playa a tu lado cuando tienen miles de metros cuadrados libres, ni los tipos que me llaman borrego o estúpido.

Vivimos en un país en el que el insulto al por mayor parece menos insulto. Es una de tantas paradojas de esta sociedad tan carente de valores. Es como si el derecho al honor o el delito de odio desapareciesen cuando el número de personas afectadas es grande y, sobre todo, cuando esas personas son independentistas. Yo también podría decir que los votantes del PP son borregos adoctrinados. Al fin y al cabo, votar al PP es votar a un partido cargado de corrupción. Es el partido de Bárcenas, de M. Rajoy, de la Gürtel y de tantos y tantos casos de mamoneo, de sobornos, de comisiones y de cohechos. Un partido que fracasa sistemáticamente en Catalunya por su demostrada catalanofobia y que también se estrella en España con un líder de másters sospechosos que aún busca su identidad, en medio del populismo y la demagogia. De hecho, tú fuiste secretario de Estudios Políticos del PP catalán hasta que dimitiste ante el descalabro de los populares el 21-D. No sería, desde luego, una historia de éxito, ideal para una conferencia TED. “No podemos hacer como si nada hubiera pasado. Estamos al borde de la desaparición”, dijiste entonces. ¿No tenéis suficientes borregos que os voten? ¿O es que sois unos avanzados a vuestro tiempo y la sociedad aún no está preparada para vuestras aportaciones al pensamiento universal?

He leído varios tuits de tu cuenta de Twitter y me ha sorprendido tu capacidad para el insulto. Unos somos borregos, otros son inútiles… Lo que más me llama la atención es que hablas de renovación en tu partido y tus tuits son un museo de mensajes negativos. Ni una celebración de la vida, nada positivo, ninguna mención a aquello que te hace feliz, a lo que convierte esta única experiencia en una fiesta. No estás solo. Son muchas las cuentas de personas, que tienen o han tenido alguna responsabilidad, en las que los reproches, el rencor y los insultos buscan el aplauso de sus acólitos. Nosotros y ellos. El mundo dividido en dos. Buenos y malos. Se está poniendo de moda, además, que los políticos bloqueen a tuiteros. Tienen todo el derecho pero, ¿cómo vamos a creerles cuando digan que quieren ser los presidentes de todos? ¿Cómo vamos a confiar en sus modelos sociales si no son capaces de soportar la crítica de alguien con un nick absurdo y una foto en baja definición, de alguien que se esconde en las redes sociales para reciclar la ira de una vida mediocre?

Llámame pedante pero admiro a personas que me aporten ideas, sentimientos o emociones positivas. No admiro a los maleducados, a los amargados, a los fracasados que echan la culpa a los demás de sus incapacidades o a los que juegan a ser futurólogos, especialmente cuando tuvieron que dimitir porque no adivinaron la debacle de sus partidos. En mi opinión, esos no merecen la admiración de nadie. Sí el respeto como seres humanos. Pero en ningún caso la admiración o la confianza.

Sé que en estos tiempos de ira en las redes sociales, pedir educación y respeto parece una idea utópica, pero son tantas las utopías que hoy son realidades que lo mejor que puedo hacer es sonreír ante tu tuit y esperar a que el futuro sea un lugar en el que la sonrisa se transforme en carcajada. La historia siempre se escribe en el presente pero se lee en el futuro. Y es cuando las carcajadas suenan mejor.

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