Necesito luz en la última curva, para vivir como me dé la gana

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Estimado, o no, ciudadano que ya te parece bien cómo están las cosas y que la acción más reivindicativa que vas a hacer en tu vida es quejarte porque te has quemado la lengua con el café:

Estoy en una etapa de la vida en la que necesito viajar con poco equipaje. La carga es muy pesada y uno ya no tiene ni cuerpo, ni ganas, para llevar encima las neurosis ajenas, por muy colectivas que sean. Estoy en una etapa de la vida en la que, si me inclino demasiado en señal de reverencia ante lo establecido, me duele la espalda. Y estoy en una etapa de la vida en la que, como dice la maravillosa canción de Quique González: “necesito luz en la última curva, para vivir como me dé la gana”. No sé si me entiendes. Seguramente, no. En todo caso, que sepas que de todas las cargas que me mantienen con los pies en medio de arenas movedizas, la peor es la sociedad en la que te empeñas en vivir y que me gusta menos que la sonrisa de Montoro.

No creo en tu país. No me gusta. Creo que es muy, pero que muy mejorable. Si a ti te gusta, adelante, pero someter a los demás a esa idea a través de la represión, es poco sostenible (a corto y a largo plazo). Porque uno ama lo que ama, no lo que le obligan a que ame. Así lo llevan reivindicando los poetas desde hace siglos y hasta las baladas románticas que suenan en la sección de discos de El Corte Inglés. El amor no se impone, lo sabe Serrat, Cercas y Coixet aunque parezca que ya lo han olvidado.

Por eso, estimado, o no, ciudadano que ya te parece bien cómo están las cosas y bla, bla, bla: voy a soltar peso. Viajaré con pocas cosas: mi familia, mis amigos, lo que yo considero que son mis raíces, aquella cultura que no me resulte ajena, las lenguas que he aprendido (sí, entre ellas el castellano), la música que me ha hecho soñar y los sueños que me han parecido música, las palabras que me siguen sonando bien, los regalos a la retina que me ofrecen Hopper, Vermeer o Barcelona en un anochecer, las calles que me han visto crecer, las últimas curvas…

No puedo creer en tu país. Te pondré un ejemplo. No puedo creer en una forma de estado que premia el azar espermático y que, para colmo, otorga el derecho de un reinado al primero de la familia que venga con un pene y dos testículos de serie (quizás con uno ya vale. Sería necesario mirar el manual de instrucciones de la monarquía). No me parece justo. Nos podremos llenar la boca hablando de igualdad pero si el cantante desafina, da igual si el guitarrista es la reencarnación de Jimmy Hendrix. Y es que creo que el artículo 1 de la sacrosanta Constitución debería decir: “se anula todo este chiringuito que nos hemos montado si las incoherencias del sistema son ya tan visibles que hasta Álvaro Ojeda asegura que su libertad consiste en votar al ladrón que él quiera”. Pero, claro, el artículo 1 dice: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. Y Rajoy felicita a los periodistas por su apoyo al régimen, y el exministro de interior asegura que el fiscal afina cosas, y Alicia Sánchez Camacho afirma que tiene fiscales de confianza, y nadie sabe quién es M. Rajoy, y si Marhuenda te dijera que había una estelada en el iceberg que hundió el Titanic, te lo creerías mientras bebes el primer café de la mañana y la lengua te queda tan insensibilizada como tu capacidad para ver más allá de la bandera.

Suelto peso. El suelo está lleno de máscaras que tapaban carreras profesionales. He visto sus verdaderas caras. Y sí, yo uno carrera y vida. Porque me daría igual que Rajoy bailara como Nureyev. No iría a ver ninguna de sus actuaciones. Me resultaría muy difícil disfrutar de su arte sabiendo que es capaz de enviar a policías a golpear a ancianos y ni siquiera pedir perdón por ello. Me da igual si Serrat ha compuesto buenas canciones, ya carece de importancia si disfruté en su momento con “Soldados de salamina” o si me emocioné con “Mi vida sin mí”. Ya no. Ya no quiero saber nada de estas personas (y de otras) porque estas personas no han querido saber nada de mí. Quid pro quo o, como diría Rato: “es el mercado, amigo”. Suelto equipaje. Viajo ligero. “Necesito luz en la última curva, para vivir como me dé la gana”.

quique

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