Diari d’un confinat. Capítol 8

Edgar_Degas_-_In_a_Café_-_Google_Art_Project_2

 

Estimados lectores:

Exacto. Hoy no empiezo con un “estimado, o no”. Me dirijo a vosotras y a vosotros, que seguís este blog. Y tampoco veréis el tuit de algún desubicado emocional. La imagen que ilustra esta carta es la magnífica obra de Edgar Degas: “Bebedores de absenta” que podréis (podremos) ver en el Museo de Orsay de París. Y digo “podréis (podremos)” porque cuando esta catástrofe humanitaria acabe, la vida deberá continuar, deberemos seguir viajando si nuestras posibilidades económicas nos lo permiten, hacer proyectos, luchar por nuestros sueños aunque para otros sean ridículos… esas extrañas cosas que hacemos los humanos de vez en cuando. Aunque, espero, que no sea todo como hasta ahora.

Me encanta este cuadro. Por varias razones. La primera es la composición. Como véis, todo el peso compositivo lo sitúa el pintor en el ángulo superior derecho. Audaz. Con Degas, uno siempre tiene la sensación de que ha sacado furtivamente una cámara fotográfica y ha captado un instante que desaparece en décimas de segundo o, como diría un experto en arte, Degas ha captado una “impresión”. Es fácil entender por qué, aunque fuese de manera despectiva, el crítico de arte Louis Leroy se refirió al grupo de pintores al que pertenecía Degas como impresionistas. Sin embargo, lo que más me gusta de la obra son las miradas, los gestos. ¿Es un antes o un después de algo? Son dos personajes exiliados en su pensamiento, aislados del mundo, cerca el uno del otro pero muy lejos. Lo sé, en otras ocasiones he hablado de este cuadro porque, yo mismo, me siento así en muchas ocasiones. Me siento observador de situaciones que no entiendo, que me sobrepasan, en medio de tsunamis emocionales, dudas, incoherencias… y entonces necesito no hablar, pensar, recordar, refugiarme en mi interior, escribir… Nadie dijo que esto de vivir fuese fácil.

Quizás os estéis preguntando por qué os suelto este rollo. Pues porque así estoy en este instante. Lo que está sucediendo en el mundo me supera y escribir me libera de alguna manera. La bipolaridad entre actitudes solidarias, responsables, inteligentes y la de actitudes insolidarias, irresponsables e idiotas, es total. No hay equidistancia en esto. Esta vez, no. Y lo más jodido de todo (perdonad mi lenguaje) es que el futuro del mundo depende de hacia qué lado se decantará en las próximas horas, días, semanas, meses o quién sabe si años. Lo sé, quizás siempre ha sido así, quizás el ser humano siempre ha caminado en el filo de la navaja, eligiendo entre violencia o no violencia, entre solidaridad o egoísmo, entre riqueza o pobreza, entre guerra o paz. No somos ingenuos. Lo sabemos. Vivimos en la cuerda floja, en un precario equilibrio. Somos funambulistas y el abismo son nuestras decisiones y también el azar. Ojalá recordéis el final de la magnífica película “Origen” de Cristopher Nolan.

Estos días, el capitalismo ha estallado. Las políticas neoliberales han quedado en pelotas. La necesidad de una sanidad pública potente ha quedado manifiesta. Y la chusma de políticos mediocres, adoradores a sueldo, comportamientos sectarios, palmeros sin autocrítica, prensa cómplice e irresponsabilidad manifiesta de la parte irresponsable de la sociedad, ha quedado expuesta a las miradas de todos aquellos que aún demandan valores morales en el conjunto de la sociedad. No podemos continuar así. El planeta nos lo está diciendo. El planeta nos ha dado una enorme y sonora hostia. ¡Buuuuummm! Y nos ha recordado lo que somos: humanos, biología, química, un elemento más dentro de un equilibrio natural.

Estos días voy elaborando una lista mental de deseos. El primero es sobrevivir. Que podamos sobrevivir el mayor número de personas a este desastre épico, inmenso, inenarrable. El segundo deseo es que individualmente nos veamos vulnerables, frágiles, que nos veamos humanos. Eso sí, que colectivamente nos veamos poderosos, capaces de cambiar el orden de las cosas, las leyes, las tradiciones, el medio ambiente si es para mejorarlo, los derechos de los colectivos vulnerables, las formas de Estado. El tercer deseo es que convirtamos nuestra sociedad en meritocrática y que estos méritos se adjunten a la inteligencia. Ojalá sepamos echar de los espacios de poder a los mediocres que han convertido la política en una profesión en la que medrar, que dejemos de interesarnos por aquellos medios de comunicación que han olvidado el papel de un precioso oficio como es el periodismo, que seamos más autocríticos, menos sectarios, más exigentes individual y colectivamente. Confiemos en el talento. Existe. Nos rodea. En todos los campos. Nos rodea la creatividad, las ideas, los anhelos de cambio. La inteligencia siempre ha estado ahí pero la hemos substituido por rostros parlantes que no dicen nada y que, poco a poco, han robado nuestra capacidad de reflexión para darnos un equipaje envenenado de emociones primarias a cambio. Ya basta de convertir los parlamentos en platós de telebasura, de fake news, de politiqueo. Basta ya. No hay banderas que tapen tanta mierda (perdonad mi lenguaje de nuevo).

Y vuelvo al cuadro. No soy capaz de adivinar qué piensa la chica o el hombre. Pero los veo vulnerables, solos, exiliados váyase a saber dónde, cuando la vida nos supera. Los veo humanos. Y me gusta.

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