¿Conoces realmente a Patricia?

Patricia era una terrorista cultural, una pija maquillada por la post-modernidad, dispuesta a inocularse todo lo bueno del mundo y a devolvérselo en cápsulas de peligrosos minutos televisivos. Hacía del solipsismo un modo de vida y el pensamiento único se tornaba un cuento infantil si se comparaba con sus planteamientos ideológicos. Practicaba una especie de fascismo mediático que perseguía a los más débiles para quemarlos en la hoguera televisiva, sin pensar que de tanta humillación pública, de tanto fusilamiento catódico, un día podía quedarse sin materia prima para sus programas. De todas maneras, era una cabrona inteligente.

La historia de Patricia en el mundo de la televisión no deja de ser curiosa. Con dieciséis o diecisiete años había paseado su estupenda figura por las pasarelas de moda más importantes del país, había anunciado colonias, yoghourts y automóviles. Más tarde, un director de casting la contrató para aparecer en el vídeo clip de un famoso grupo musical. Incluso se le pudo ver brevemente en una película diciendo una sola frase que, eso sí, sería recordada durante mucho tiempo: ¿llevas un mechero en el bolsillo o es que te alegras de verme? A partir de esos cinco escasos segundos su rostro fue haciéndose cada vez más popular.

En su currículum fue escribiendo más desfiles de moda, más anuncios, más vídeo clips… Hasta que le llegó la oportunidad, con veinte años recién cumplidos, de entrar en la nómina de la cadena de televisión con mayor audiencia del país. Su primer sueldo lo ganó como azafata de un concurso. Allí se pasó todo un año haciendo de chica florero. Era la encargada de llevar la bandeja con las preguntas del juego al presentador de turno. Harta de que no se le valorara más que unas buenas piernas decidió pasar a la acción.  La inmensa mayoría de las chicas hubiese estudiado periodismo, se hubiese sacado un título universitario y se hubiese presentado a las pruebas de selección. Era un camino duro y difícil pero Patricia, siempre tan pragmática, decidió tomar un atajo: se realizó su primera operación de cirugía estética. Esta intervención le permitió lucir unos pechos voluminosos y rotundos que quitarían el hipo a cualquier jefe de programación con algo de testosterona en su sangre. El resultado no se hizo esperar. En poco tiempo le ofrecieron presentar una sección de un programa que malvivía en la tarde de los lunes. Era un programa que hablaba del mundo del espectáculo. Patricia se encargó de la sección de teatro y, aunque en aquella época creía que Brecht era una marca de pegamento, no tuvo ningún reparo en asistir a todos los estrenos que pudo. Su belleza natural y sus condimentos artificiales obraron el milagro. Los mejores actores accedieron a ser entrevistados y, con la ayuda de un joven guionista que estaba colado por sus huesos, fue dando vida poco a poco a su sección. Las secciones del resto del programa se contagiaron del descaro de una joven que ya empezaba a convertirse en todo un fenómeno mediático.

Su rostro empezó entonces a aparecer en las portadas de los dominicales de los periódicos con mayor tirada del país. Por un top less suyo en Marbella, que se esforzó en demostrar que era robado aunque en realidad estaba pactado, cobró más de 6 millones de euros. Vendió también la exclusiva de un noviazgo con un famoso actor de comedias veinte años mayor que ella. Después vinieron más noviazgos, una boda que acabó un mes después en divorcio, la exclusiva del aborto de un embarazo que jamás existió y un programa propio en televisión durante la hora de máxima audiencia. Y todo gracias a dos bolsitas de silicona.

 

Y es que Patricia se mostraba a favor de la cirugía estética. No se cansaba de repetir que las mujeres debían estar bellas desde que se levantaban hasta que se acostaban. Ese discurso le había procurado grandes sumas de dinero a su cuenta corriente. Además de las campañas publicitarias de cosméticos y productos de belleza en las que había participado, había vendido libros y vídeos sobre métodos de adelgazamiento. Llegó incluso a inventar un supuesto sistema que, según aseguraba su publicidad, garantizaba la pérdida de siete kilos en sólo una semana. El colegio de médicos tardó menos tiempo en organizar una rueda de prensa para denunciar públicamente su método que, por supuesto, era muy peligroso aunque no se llegase a la pérdida de peso prometida. Su lucha a favor de las dietas radicales la escenificó en uno de sus programas al entrar con una carretilla en la que portaba treinta kilos de grasa animal. Dijo que tal cantidad era lo que había perdido una de sus invitadas al programa siguiendo una de esas dietas que parecían escritas más por una mente criminal que por un especialista en alimentación.

Patricia además era adicta a las revistas del corazón. Más que leerlas, las devoraba. Alimentaba sus neuronas con las historias que el mercadeo de los famosos proporcionaba semana sí, semana también. Con su más que cuestionable profesionalidad, sabía aplicar sus conocimientos sobre el tema en una de sus secciones preferidas del programa: la que dedicaba a la prensa rosa. Conocía con quién se acostaba cada uno y cada una de los personajes y personajillos que poblaban las páginas de papel couché. En uno de los programas puso contra las cuerdas a una cantante folklórica a la que acusó de infidelidad delante de todo el país. No sólo se conformó con eso, además pasó una grabación realizada con cámara oculta que le costó una buena suma de dinero conseguir por medio de sobornos y chantajes más o menos encubiertos. La cantante le demandó por haber invadido su intimidad y Patricia tuvo que pagar una indemnización a la artista. Los millones de publicidad que su programa ingresó ese día cubrieron toda la deuda y aún le sobró dinero para una liposucción, ya que con sus casi treinta años había empezado a coger unos kilitos.

Por medio de un sensacionalismo cada vez más radical y de las exclusivas que seguía vendiendo a las revistas del corazón, Patricia fue amasando una más que importante fortuna. Decidió entonces crear su propia productora de televisión, a la que bautizó con el nombre de Aicirtap, su nombre leído al revés. Contrató a uno de los mejores productores de la competencia para que le asesorara y a un importante equipo de creativos que fichó de otras productoras y cadenas de televisión. Pero es que, además, compró el programa que ella presentaba, introduzco algunos cambios, y lo empezó a producir con el copyright de su recién creada empresa. En sólo un año había logrado vender más de cinco programas de producción propia a otras cadenas. Incluso uno de sus productos fue emitido en cinco países europeos, aunque con diferente suerte. Su negocio, poco a poco, se fue diversificando. Creó su propia página web y su propia revista para mujeres que, puntualmente, estaba todos los lunes en los quioscos. Se atrevió, incluso, a publicar una novela a cuya presentación acudió la flor y nata de la jet set y del famoseo político. Pocos meses después, una desconocida escritora mejicana desató el escándalo al asegurar que se habían plagiado capítulos enteros de una novela suya publicada cinco años antes. El tema llegó a los juzgados, que dieron la razón a la plagiada. En una conferencia de prensa plagada de lágrimas Patricia confesó que había recibido ayuda de un joven guionista de su productora para escribir la novela y que éste había querido vengarse por un asunto personal. Lo que jamás mencionó es que ella no había escrito ni una sola palabra de la novela y que, al presionar la editorial para que acabara pronto y así poder venderla el día de Sant Jordi, el joven no tuvo más remedio que buscar la inspiración donde fuese. La audiencia del programa no se resintió en absoluto. Al contrario. El morbo que desató el escándalo potenció su figura e, incluso, recibió una oferta de una cadena de televisión para rodar un telefilm sobre su vida.

En el terreno sentimental Patricia se había convertido en un subproducto de la moralina más rancia. Abnegación, paciencia y perdón eran sus tres palabras preferidas cuando hablaba de crisis matrimoniales. Las feministas no la soportaban. Recibía toda clase de insultos a través del correo electrónico y, entre los miembros de la redacción, circulaban los mensajes más divertidos que habían llegado al programa. Alguien se atrevió a colgar uno de esos mensajes en el tablón de anuncios, pero Patricia no tardó en descubrirlo. Entonces dedicó todas sus energías en averiguar quién era el culpable. En pocas horas fue despedido del programa.

Sin embargo, sus rancios planteamientos ideológicos por lo que respectaba al papel de la mujer en el matrimonio, los olvidaba al tratar otro tipo de temas. Todo dependía de los datos de audiencia que le llegaban a la mesa de su despacho. Los estudiaba concienzudamente para averiguar qué contenidos debían tener su programa. Si era necesario adoptaba un discurso de izquierdas, o ecologista, o quizás pacifista. Pero, si los vientos soplaban desde otro lado, podía pasar por la más ferviente defensora del liberalismo y de las posturas más conservadoras y reaccionarias. Podía estar en contra del aborto y a favor de la eutanasia. Podía defender los intereses de las parejas de hecho o criticar abiertamente la posibilidad de que las parejas homosexuales adoptaran a un niño. Seguramente podía estar a favor o en contra de todo. Su principal referente no eran los escritores, o los filósofos, o los políticos, o la gente que se encontraba por la calle. Nunca se fiaba de ellos. Su principal referente era el informe diario de audiencia. Lo estudiaba a conciencia como si en él estuviera impreso lo que iba a ser su futuro. Con el tiempo el léxico de Patricia se enriqueció con palabras como share, rating, aportación a la cadena, reach, ots, fidelización y otras de esas exquisiteces que los expertos en marketing televisivo se habían inventado para crear una jerga que los distinguiera del resto de mortales. De hecho, Patricia se ganó a pulso un mote entre los miembros del equipo de programa: Miss Share. Era un apelativo tabú que nadie utilizaba en voz alta por si andaba cerca. Pero en voz baja todos se referían a ella como Miss Share, la dama de la mierda.  Porque en ello se bañaban sus programas: en los excrementos socioculturales de un país sin un norte ético especialmente claro.

Lo peor de todo es que Patricia tenía un público fiel. Más de cuatro millones de personas se plantaban delante del televisor para recrearse en la parte más oscura y perversa del ser humano. En los estudios de mercado llevados a cabo por los expertos en medición de audiencias se había comprobado que su programa tenía un target formado básicamente por mujeres mayores de cuarenta años. También los hombres divorciados integraban ese universo de espectadores que asistían, a veces incrédulos, pero normalmente sorprendidos, a las más feroces muestras de mal gusto y chabacanería que su enfermiza imaginación había logrado llevar a la práctica. Además de zoófilos, fetichistas de pies, supuestos vampiros y parapsicólogos de pacotilla, en el programa de Patricia se había llegado a desnudar una mujer obesa de casi doscientos kilos de humanidad con la intención, por parte de la presentadora, de satanizar el exceso de peso.  En otra ocasión, un adicto al juego en período de rehabilitación recayó durante el transcurso del programa cuando Miss Share le montó una partida de póker para comprobar si se había curado o, como se demostró, todavía necesitaba seguir con el tratamiento.

Sus programas siempre acababan con una pregunta para buscar a los freaks que formarían parte del espacio de la siguiente semana. ¿Se ha alargado usted el pene y quiere venir a contarnos la experiencia? ¿Se ha acostado alguna vez con su jefe y se ha lamentado al día siguiente? ¿Ha practicado sexo con su mascota doméstica? ¿Si fuese legal, asesinaría usted a ese abuelo octogenario que molesta en su casa? ¿Tiene usted fantasías eróticas con compañeros de trabajo? ¿Qué estaría dispuesto a hacer para ser famoso? Pero la pregunta que nunca formuló fue: ¿conoces realmente a Patricia?

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