No vuelvas a mentirme. No lo soporto

No, disculpa, no tenía ganas de verte. Sé que te esfuerzas en parecer simpática pero únicamente te he abierto la puerta porque pensaba que eras otra persona. Si hubiese sabido que eras tú, hubiese seguido con mis cosas. Ya lo sé: no soy tan simpático como tú, no pongo esa sonrisa de oreja a oreja, no conozco ninguna argucia para captar tu atención.

Lo que sucede es que me has mentido. Cuando te he preguntado si venías a venderme algo me has respondido que no. Y has puesto esa sonrisa de “tranquilo, lo que te voy a contar te va a interesar”. Pero lo primero que te debería decirte tu jefe, ese mierdecilla que se piensa que por leer libros de coaching ya conoce todo lo necesario sobre el ser humano, es que a la gente no le gusta que le mientan. Y, aunque no te lo creas, a mí tampoco me gusta que me mientan. Por eso, cuando te he preguntado si me venías a vender algo, deberías haberme respondido que sí. Yo te hubiera dicho que no me interesaba y… punto y final. Hubiera cerrado la puerta con cortesía y tú habrías probado suerte con la vecina de enfrente. Sin embargo, has elegido la otra opción. Meeeec!!! Respuesta incorrecta. ¿Qué te piensas? ¿Que soy idiota? Tú no has venido a decirme a mi casa que tienes una oferta maravillosa, que me va a cambiar la vida y que te han contratado porque vas repartiendo felicidad por el mundo. Tú has venido a mi casa porque me quieres vender algo. Y si has venido a mi casa a venderme algo es porque el jefe del departamento de marketing de tu empresa es un gilipollas. Si fuera alguien innovador, inteligente y preparado no habría pensado en esa estrategia tan antigua como es la de ir casa por casa a tocar las pelotas a la gente. Porque al anormal del jefe del departamento de marketing de tu empresa se la sopla si su maravilloso plan causa molestias a las personas que están tranquilamente en su casa. Él no piensa en si hay personas enfermas, en si hay personas que están durmiendo porque trabajan de noche o en si hay bebés que por fin se han dormido mientras el padre o la madre descansan en el sofá mirando el reloj para calcular cuándo se va a volver a despertar su retoño. A tu jefe todas estas situaciones le dan igual. Te ha contratado a ti, pagándote una mierda, para que llames a todos los timbres y pongas cara de “no vendo nada pero escuche mi irresistible oferta”.

Tú no tienes la culpa. Hay millones de parados y tú intentas buscarte la vida. Y no te culpo. Yo en tu situación haría lo mismo. De hecho, hace muchos años trabajé en algo parecido. Tú no eres el problema. El problema son esos millones de aprendices de Steve Jobs que se piensan que han inventado el mundo y que a través de herramientas tan molestas como el telemarketing o el puerta a puerta se dedican a tocar las pelotas a diestro y siniestro. Lo siento, chica. Ya estoy harto. Mi casa es modesta, pequeña, humilde. Pero es mi casa. Si necesito tus ofertas, ya miraré la página web o quizá os llame. Pero, por favor, no vuelvas a mentirme. No lo soporto.