Carta a los ciudadanos inestables emocionalmente

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Estimados, o no, ciudadanos inestables emocionalmente:

No sé cómo le irá a España sin Catalunya. De hecho, es algo que no me quita el sueño precisamente. Lo que sí sé es que, en esa “noción”, la profesión de futuro será la de psiquiatra. Resulta difícil encontrar un lugar en el que se junten semejante cantidad de desequilibrados por metro cuadrado. Iluminados salvapatrias, bobalicones con ínfulas de intelectual, tertulianos bocazas que parecen salidos de un futbolín de barrio y que te perdonan la vida en cada frase, todos tienen cabida en esta democracia fallida.

A veces pienso que Freud se pondría las botas en semejante contexto carpetovetónico. Ampliaría la lista de psicopatologías hasta límites insoportables. También recuerdo en muchas ocasiones a Tennessee Williams. Ojalá pudiera vivir esta actualidad delirante para mejorar aún más su magnífico catálogo de piezas teatrales. Conociendo a determinados personajes, podría escarbar en las basuras del subconsciente para poner en escena a Edipos tamaño armario ropero, a megalómanos catalanófobos y a visionarios de canal patético de tarot político. Compondrían un magnífico lienzo de aquello en lo que se ha convertido España. Y es que, cuando la psicología del maltratador (la maté porque era mía) se hace un hueco importante en una sociedad, hay que empezar a temblar. “Tengo el deber histórico de que Cataluña lo pase mal” dice Ricardo Martín. ¿Deber histórico? ¡Por favor, se necesita un psicoterapeuta de guardia! ¡Hay un salvapatrias suelto!

Tengo la impresión de que dentro de unos años leeremos los titulares de esta época y nos pondremos a reír pero, de momento, sólo puedo gritar un: ¡qué pena! Pena por los recursos derrochados en promover odios enfermizos. Y pena por las distopías patrocinadas por la ineptocracia.

En fin, habrá que dar la razón a Lord Chesterfield: “la gente odia a quien le hace sentir la propia inferioridad”.

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