Carta a Sandro Rey

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Estimado Sandro Rey:

Ya sé que a veces tus dotes adivinatorias están un poco dormidas y que no resuelves las dudas de tus espectadores. Sin embargo, me dirijo a ti porque hay un tema que no para de darme vueltas a la cabeza. No sé si sabrás darme respuestas pero confío en ti.

Conozco a una familia que, si te digo la verdad, es un poco rarita. Sus miembros son de los que te miran por encima del hombro porque, ya sabes, vienen de una de esas estirpes de toda la vida. De hecho, mira si son raros que siempre he pensado que saludan de una manera extraña. Levantan la mano y la giran dando vueltas sobre sí misma. Nunca he sabido si era producto de su nivel social o es que eran representantes de futbolines. El caso es que, hace años, la hija mayor se casó con un hombre procedente de una familia aristocrática. Los típicos pijos con veinte apellidos y propiedades repartidas por toda España. Guapos, lo que se dice guapos, no son. Supongo que deben ser muy listos pero no les tocó precisamente el envase más bonito. Montaron un bodorrio del copón. Que si un millón de invitados, que si autoridades extranjeras, que si el arzobispo, que si paseo por las calles… vamos, la boda del siglo. Un poco como el final de una peli Disney pero con Shrek y Fiona de novios. Sin embargo, a veces, la peña se pelea, por muy católica, apostólica y romana que sea. Total, se divorciaron. Tuvieron hijos y tal pero, si te he visto, no me acuerdo. Y aquí está la primera desaparición en la familia. Sí, vete contando.

Luego está la otra hermana. Se casa con un tío guapo, deportista, de buena familia… Y, venga, segundo bodorrio. Otro millón de invitados, catedral, paseo con descapotable, vivan los novios, prensa rosa y boda de Barbie pija con Ken pijo. Muy bien, perfecto. El tío estudia para aprender a gestionar empresas y, en vez de convertirse en el nuevo CEO de vete a saber qué, prefiere el choriceo en nombre de la familia de su parienta. Pues bien, aquí tenemos la segunda desaparición. Nadie sabe dónde está o qué hace. Le quitan de la web de la familia Potato y, si te he visto, no me acuerdo. ¡Eh, pero no te vayas todavía! Barbie pija, que decía que estaba muy enamorada y que no sabía por qué su maridito tenía tanta pasta sin pegar sello, también desaparece. Hay un juez que le busca las cosquillas y, al parecer, ya no se ríe tanto. ¿Llevas la cuenta? Sí, tres desapariciones. Y todavía hay más: el abuelo. Un tío que tiene un millón de operaciones, porque la edad no perdona, se va donde San Pancracio perdió la boina y se rompe la cadera jugando a indios y vaqueros. Lo flipo, de verdad. Tendría que estar mirando obras, como todos los jubilados, pero no. Venga, que me voy a descansar, que trabajo mucho. Pues bien, ya hace tiempo que no sabemos nada de él. Cuarta desaparición.

En definitiva, te escribo para saber qué pasará con el hijo pequeño. ¿Se divorciará? ¿Se le encontrará alguna amante? ¿Se descubrirá que habla catalán en la intimidad? Bueno, quizá desaparezca su mujer antes. Está tan delgada que va camino de convertirse en un efecto óptico. Estoy preocupado y me gustaría saber si habrá una quinta desaparición. Si es que esta familia no levanta cabeza. No sé quién les ha puesto la pierna encima. En fin, no hay nada como ser pobre y tener sólo dos apellidos. Venga, bendiciones y buenas noches.

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