Si lo contrario de civil es militar, lo contrario de civilizar es militarizar

cuba

Estimado, o no, Jaime Domínguez Buj:

Lo lleváis en el ADN. Es como un código de barras impreso en vuestro ideario. Os define. Se os reconoce desde una hora lejos. Sois transparentes como el cristal de un escaparate. Y no lo podéis evitar. Os podéis abrazar a todas las Constituciones del mundo, pronunciar grandes discursos con toda la ferretería en el pecho en forma de medallas, pero no podéis evitar esconder aquello que sois. Sois autoritarios, sois del ordeno y mando, sois del “estás conmigo o estás contra mí”, sois del “no sabes con quién estás hablando”, sois militares.

El ejército no es una ONG. Ya sé que en los últimos años las grandes potencias se han esforzado en que proyectéis una imagen de modernidad, ya sé que habéis participado en misiones de pacificación, ya sé que habéis colaborado eficazmente en muchas catástrofes, ya lo sé. Es vuestro trabajo, ¿no? Por eso os pagamos entre todos, ¿no? Como a los bomberos, a los médicos, a los policías o a los profesores. Pero ellos no suelen tener vuestros altavoces. No suelen cortar las calles para que cada año les veamos desfilar en medio de gritos de agradecimiento. 

Os conozco. Estuve un año con vosotros. Os vi entrar en la cantina del cuartel a las 10 de la mañana y no salir hasta tres horas después, os vi durmiendo en el sofá de la residencia de suboficiales a las 12 del mediodía, vi desde la garita al páter (un cura capitán) llegar a las tres de la madrugada después de que todos sospecháramos dónde había estado (y no una vez, sino muchas), vi cómo revelaba sus fotografías personales y pagaba el ejército (el joven que fui era el encargado de ir al laboratorio fotográfico), vi lo intelectualmente mediocres que eráis algunos y qué tipo de sesiones teóricas perpetrabais a soldados con estudios universitarios (vergüenza ajena), vi cómo nos arrestabais a todos porque no sabíais quién había robado material, vi vuestra patética forma de solucionar los conflictos, vi vuestros rituales casposos y anacrónicos, vuestra errática manera de formar a la juventud. Os vi. Os conozco. Por eso, os quiero lejos.

Y ahora nos dais lecciones de historia. E insinuáis, sin ningún tipo de rubor, que Catalunya es una colonia y Madrid la metrópolis. ¡Bravo! ¡Maravilloso! Por fin os traiciona el subconsciente y mostráis lo que realmente sois: el escorpión que mata a la rana que le ayuda a cruzar el río porque, al fin y al cabo, es su naturaleza y no la puede cambiar. Lo lleváis en el ADN. Como nosotros llevamos no ser vuestros súbditos.

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