Carta a Pablo Iglesias

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Estimado, o no, Pablo Iglesias:

Llevo tiempo viendo tu evolución en la esfera pública y tenía ganas de dedicarte una líneas. Intento no dejarme llevar por ningún tipo de prejuicio porque son tan útiles como coger unos prismáticos al revés. Observas la realidad de una manera mucho más alejada que sin hacer uso de ellos. Pero me resulta muy difícil deshacerme de los prejuicios cuando algún político español habla de Catalunya. Contigo hubiese preferido equivocarme y afirmar que, por fin, un político español se había ganado mi estima. Sin embargo, no ha sido así.  Quizá te preguntes por qué. Te daré unas cuantas razones:

  • Desconfío de los tertulianos. Y, sobre todo, desconfío de los tertulianos que acaban en política. Nunca votaré a nadie que haya nacido políticamente en un plató. Ver a alguien que teoriza sobre una sociedad utópica mientras su piel está maquillada para evitar el brillo de los focos y que, a continuación, en el corte publicitario, se anuncie una crema antihemorroides, es algo que me deja en fuera de juego. Aunque, eso sí, cada vez le veo más relación. 

  • Desconfío de los políticos españoles que vienen a Catalunya a buscar votos (especialmente cuando vienen aquí, para buscar votos allí). La hemeroteca permite desmontar toda la impostura que ha habido en esos intentos. Venís para reñirnos por lo mal que nos portamos, para darnos lecciones morales y, al mismo tiempo, para asegurar que habéis leído a Espriu, que habéis veraneado en la Costa Brava o que siempre untáis el pan con tomate porque, eso sí, nos amáis con devoción (modo irónico on). 

  • Desconfío de los políticos españoles que vienen a Catalunya a enseñarnos cómo debemos ser. No sé qué os sucede a 600 Km de distancia pero tengo la sensación de que, por mucha pedagogía que se haga, seréis incapaces de entender nada de lo que se respira aquí. O nos enfrentamos al autoritarismo facha o al paternalismo de la izquierda. No hay término medio. O, por lo menos, yo no lo percibo. 

  • Desconfío de los políticos maniqueos, aquellos que dividen el mundo en dos: nosotros (los buenos) y ellos (los malos). Cuando repites tantas veces la palabra “casta” para simplificar tu mensaje, no te diferencias demasiado de Bush, Aznar o Rajoy. Quizá me equivoque, pero también hay personas que han pervertido el sistema y no son de derechas, grandes empresarios o banqueros. La conciencia de que todos debemos pagar impuestos o que solamente debemos ser beneficiarios de ayudas sociales cuando realmente las necesitemos, no tiene que ver con clases sociales. Se trata de un sentido de la colectividad y de la solidaridad que va más allá de tu sistema casta-no casta.

  • Y, sobre todo, desconfío de los discursos vacíos, del populismo, de la pedantería, de las verdades absolutas, de las frases hechas, de los titulares pancarteros. No, Pablo, el verdadero problema de España no es la casta: es la chulería, es la prepotencia, es el espíritu quijotesco que enmudece la visión realista de Sancho Panza para convencernos de que ser español lleva adjunta una cierta idea de vete a saber qué gloria. No, Pablo, muchos hemos desconectado. No ya de la derecha, sino de esa izquierda acomplejada, que no ha sabido encontrar un discurso coherente en un mundo globalizado en el que los mercados no deberían dictarlo todo. 

Siempre serás bienvenido, como lo es todo el mundo en esta tierra de acogida. Pero no vengas a dar lecciones. 

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