Carta al rey Felipe

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Estimado, o no, rey Felipe:

Tú y yo tenemos la misma edad. Hasta ahí llega lo que nos hace iguales. El resto, como puedes suponer, nos sitúa en continentes muy alejados. Tú te sientes español. Yo no. Tú sabes desde siempre qué serías de mayor. A mí me costó descubrirlo. Tú tuviste la posibilidad de estudiar en prestigiosos centros académicos extranjeros. Yo supe desde muy pequeño que plantear esa situación en casa iba a convertirse en un chiste muy malo. A tu padre le dio trabajo Franco. Al mío la SEAT. Tu inserción en el mundo laboral te la has ganado por vía espermática. La mía me la gané por vía académica. Tú eres monárquico. Yo soy republicano.

Efectivamente, pertenecemos a mundos muy diferentes. Las únicas regatas que he hecho han sido en paredes y para colocar cables. Mis cuñados son una joya. De los tuyos estoy seguro que no te apetece hablar. Nunca he sido portada de El jueves. Ah, perdón. De eso no se puede hablar, ¿no? En definitiva, no me iría a tomarme una copa contigo porque no sabría de qué hablar. O quizá, sí. Quizá estoy equivocado. Tengo muchas preguntas que hacerte. Por ejemplo, ¿qué sentías cuando hincabas los codos entre apuntes de Derecho? ¿Qué pasaba por tu mente en Washington cuando estudiabas Relaciones Internacionales? Lo digo porque tu futuro laboral ya estaba escrito en el momento en el que tu monárquico espermatozoide llegó primero. Nadie te pedirá tu currículum. Nunca participarás en un proceso de selección. Jamás pasarás por tests psicotécnicos o acudirás a entrevistas de trabajo. Y, lo que es peor, nunca tendrás la oportunidad de ejercer de abogado. No defenderás a nadie, no redactarás informes, no asesorarás a nadie en materia legal. No crecerás laboralmente, ni tendrás ninguna carrera profesional. Da igual que lo hagas bien o que seas un desastre (tranquilo, el establishment monárquico español es lo suficientemente potente como para que ahora se cambie el modelo de estado). Pero la pregunta clave es: ¿en qué nivel de la pirámide de necesidades de Maslow estás? ¿Te sientes autorealizado? ¿Has logrado a tu edad conseguir autoestima en base a los méritos conseguidos? Y si es así, ¿qué méritos son esos? ¿Discursos que te escriben otros? ¿Dar la mano en actos oficiales? ¿Salir bien en las fotos del Hola? ¿Comer Ferrero Rocher en las recepciones de las embajadas sin que se te caigan trocitos de chocolate al suelo?

Bienvenido a la crisis de los 40. Echamos la vista atrás y nos cuestionamos aspectos muy importantes de nuestra vida. Por ejemplo, yo llevo tiempo pensando en si el niño que fui se sentiría orgulloso del adulto en el que me he convertido. ¿Te has hecho alguna vez esa pregunta?

Mira, qué quieres que te diga, no entiendo ni uno solo de los argumentos de los monárquicos. Creo en las sociedades meritocráticas. Llámame radical, si quieres, pero creo que el status social y económico es algo que uno debe ganarse por su esfuerzo. Por lo que he leído en los periódicos, tu hija ha pasado  a ser princesa de Asturias y eso le va a reportar unos ingresos, con 8 años, de más de 100.000 euros anuales. ¿Le hablarás de la cultura del esfuerzo? ¿Con qué argumentos? ¿La unidad de España? ¿El destino universal de todos los españoles? ¿La indivisibilidad de la patria española? ¿Bla, bla, bla? Yo prefiero hablarle a mi hija en otros términos. En primer lugar, quiero que sueñe, que imagine, que invente su futuro. Quiero que elija. Que sea libre. Que tome decisiones que le afecten personalmente (ojalá no se equivoque mucho). Que sea consciente de que sus decisiones también pueden afectar a otras personas. Que sea generosa en afecto. Que se arriesgue lo necesario. Que tome partido por cualquier causa, siempre que la sienta de veras y que venga de un proceso de reflexión. Y, sobre todo, quiero que viva, que se coma la vida, que la gaste por ella y por los demás, que disfrute, que se siga sorprendiendo por las maravillas que le rodean y que se sienta diariamente invitada a esta maravillosa fiesta. ¿Podrá hacer eso tu hija? ¿Lo pudiste hacer tú? ¿Lo quisiste hacer tú? ¿Has sentido en algún momento la necesidad de renunciar a tu destino? ¿Has sentido alguna vez la necesidad de escaparte con Letizia y adoptar una nueva identidad? Estaba en tu mano y no lo has hecho. Ya sé que ahora puedes decir que has elegido dedicar tu vida a servir a España pero… bueno… nunca me he creído esos discursos mesiánicos. Porque, normalmente, quien dedica su vida a servir a una causa justa no la suele publicitar demasiado.

No, no puedo ser monárquico. No defiendo a ninguna institución que firme destinos que ya están escritos en los espermatozoides. No me parece humano. No me parece justo. No me parece sensato. 

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