Carta a María Eugenia Suárez. #PodemosEscribirMejor #PodemosRespetarMás

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Estimada, o no, María Eugenia:

Hace tiempo fui profesor en la ESO y uno de los ejercicios mentales más entretenidos que practicaba, cuando veía a los alumnos en las aulas, era imaginarme en qué trabajarían cuando fuesen mayores. En algunos casos era fácil adivinar que aquellos estudiantes alcanzarían cierto éxito, tanto a nivel personal, como profesionalmente. En otros casos, sin embargo, te dabas cuenta que, a priori, tenían muchas probabilidades de experimentar dificultades, a causa de sus problemas de aprendizaje, trastornos de todo tipo o debido a su carácter antisocial. La escuela normaliza, pero no siempre tiene éxito.

No sé si has oído hablar del Principio de Dilbert. Lo creó Scott Adams en un artículo de 1996 y asegura que las empresas tienden a ascender sistemáticamente a sus empleados menos competentes a cargos directivos para limitar así la cantidad de daño que son capaces de provocar. La política no escapa a este principio. Creo que, incluso, lo potencia a límites sorprendentes. Un ejemplo lo encontramos en tu texto.

¿Por dónde empiezo? Me lo pones difícil. Lo diseccionaré por puntos y así todo quedará más claro.

  1. No todos hablamos asturiano en Asturias y eso no quiere decir que no lo seamos”. Tampoco todos los asturianos beben sidra y eso no significa que no sean asturianos. ¿Has tardado mucho en llegar a esta conclusión?

  2. (…) el que quiere hacer una España unida y no separada por las lenguas como la Torre de Babel”. En el mundo se contabilizan, según algunas fuentes, unas 6000 lenguas. Hay lenguas amerindias, australianas, austroasiáticas, caucásicas, dravídicas, esquimo-aleutianas, indoeuropeas, japónicas, joisanas, mongólicas, nilo-saharianas, paleosiberianas, papúes, sino-tibetanas, tai-kadai, tunguses, túrquicas y urálicas. Las preguntas que quiero formularte son las siguientes: ¿tanto te toca los ovarios la existencia del asturiano o del catalán? ¿En qué momento dejaste de escuchar aquello que te enseñaban los profesores y te empezaste a mirar el ombligo pensando que era el centro del universo? ¿En qué momento dejaste de creer que la diversidad lingüística enriquece la cultura de una sociedad?

  3. (….) no tengo tiempo para aprender tantas lenguas en mi propio país”. Tranquila, no es necesario que aprendas el catalán. No te echaremos mucho de menos si no vienes por aquí. Lo que quizá tus votantes te agradezcan es que te apuntes a alguna escuela de adultos para que, en la única lengua que defiendes, sepas diferenciar los verbos “haber” y “hallar”, para que aprendas a escribir País Vasco con mayúsculas, para que puedas diferenciar “mi” de “mí” o para que sepas acentuar “entró”, por citar algunos ejemplos de incorrecciones.

  4. Te prometo que cuando voy al extranjero no hablo en “ingles”. Más que nada porque mi movimiento de ingles dista mucho de ser sexy. Do you know what I mean?

  5. Pobres vegetarianos. También tienen derecho a comer en restaurantes vegetarianos aunque estén en Asturias, patria querida.

En fin, María Eugenia, qué quieres que te diga. En las clases siempre está el niño gordito, el orejudo, el empollón, el gracioso y el tonto. Y todos crecen. Todos se hacen mayores. Y todos votan. Y, en algunos casos, se convierten en secretarios generales de partidos políticos. Y Dilbert sigue ahí, demostrando que en la política no sólo hay sitio para aquellos que eran gorditos, orejudos, empollones o graciosos. También hay un sitio preferente para los tontos. Suposo que m’has entès, oi?

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