Rajoy me ha encargado una redacción: “habla bien de España”

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Rajoy me ha puesto una redacción. El tema resulta complicado: “os pido que habléis bien de España”. Hubiese preferido otro más fácil, del tipo: ¿por qué Barcenas no usa Excel? Pero me gustan los retos difíciles. Así que hablaré bien de España.

Empezaré como si fuese una de esas redacciones de tercero de primaria: España me gusta porque hace sol y tiene playas. Ya está. Aquí termina mi redacción. Que no… que es broma. Estimados spanish trolls: que no se os calienten los dedos escribiendo vivaspañas y arribaspañas. Prometo que hablaré bien de vuestro país. Ahora sí. Empecemos. Pero dejadme que empiece en pasado.

Me gustaba España. Creía que era un país que supo renacer de sus cenizas. Soportar cuarenta años de dictadura franquista y construir de nuevo algo parecido a una democracia no debió ser fácil. Eso sí, estoy convencido de que no se hizo bien. Ese pacto de amnesia colectiva, esa Constitución escrita con la mirada en el cogote del ejército y esas estructuras de Estado que no acabaron de reformarse a conciencia, no ayudaron.

Me gustaba España porque un día fue humilde. Viajaba en el interior de un 600 creyendo que conquistaba el mundo. Convertía la tortilla de patatas en la máxima expresión de la felicidad compartida. Sufría con los concursantes del “Un, dos, tres” y pensaba que el lujo era un apartamento en Torrevieja. Quizá esa España era ingenua. Quizá era fácil de domesticar. Pero todavía no se miraba el ombligo. Sin embargo, poco a poco las cosas empezaron a cambiar. La sencillez dio paso a los sueños de grandeza. La sensación de que con cierto esfuerzo colectivo podían hacerse cosas juntos, acabó convertida en mutua desconfianza. Empezó a molestar la diversidad (de hecho ya molestaba antes, pero el electoralismo de unos cuantos y el amarillismo de otros hizo el resto). Molestaba el catalán, el euskera, el gallego. Molestaban los mayores deseos de autogobierno de algunas zonas históricas. Molestaba, de hecho, la historia. El pasado se convertía en un arma arrojadiza y cada cual la miraba desde el ángulo que más le convenía. Los discursos se tornaron agresivos. Y llegaron los pelotazos financieros, la prepotencia, la falsa ilusión de que España contaba en el mundo, de que con una foto en las Azores y un español con falso acento tejano se podía conseguir un espacio al lado de las grandes potencias. Vergüenza ajena. Ridículo.

Vinieron mayorías absolutistas, cajas B, Andorra, Suiza, egoísmo, sálvese quien pueda, gilipollas el último…

¿Y ahora? Una derecha prepotente, corrupta, intolerante. Una izquierda acomplejada, sin propuestas realistas, sin carisma. Populismos que nacen en tertulias, tertulias desde las que se hace política, política que convierte el futuro en amenazas y no en esperanzas, esperanzas que resultan ajenas cuando los jóvenes más preparados de su historia deben abandonar el país para ceder su talento a los extranjeros, extranjeros que quieren a España para poner su toalla en las playas y emborracharse en formato low cost, low cost en Sanidad y Educación, educación que brilla por su ausencia en muchos debates, debates torticeros, tergiversadores, patéticos.

¿Y qué decir de los catalanes que ya no creemos en España? ¿Qué debemos explicar cuando incluso utilizar el catalán en Catalunya molesta a muchos? ¿Cómo podemos hablar bien de un país que impugna urnas, que de repente ya no sabe contar manifestantes, que ridiculiza hasta la más pequeña de las reivindicaciones si se hacen desde Catalunya? ¿Qué más se puede escribir para proponer un referéndum pacífico si los argumentos en contra se repiten como un mantra sin posibilidad de debate?

Lo siento, Mariano. Me cuesta hablar bien de España. Quizá debería haberme centrado en su literatura, en su arquitectura, en su pintura. Hubiese sido más fácil entonces. O hablar de aquellos que corrieron delante de los grises para reivindicar libertades (aunque ahora nieguen la existencia de algo tan simple como unas elecciones plebiscitarias).

¿Sabes qué, Mariano? Me voy a hacer una tortilla de patatas. Me la comeré sin encender la televisión, ni la radio. Tampoco entraré en internet. Me agobian las pancartas, los discursos incendiarios. Me repugnan las tertulias de indocumentados. Y pensaré en otra España. Pensaré en ese país que continuaré visitando cuando no se sienta el vigilante de vete a saber qué glorias nacionales, cuando acepte lo que es (diversa, plurinacional, multilingüística), cuando entienda que la complejidad es lo que otorga riqueza a las sociedades y no el reduccionismo que cae en estereotipos y prejuicios. En fin, me esperan la sartén y los sabores más sencillos.

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