Carta a Barbie

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Estimada, o no, Barbie:

Desde que me he enterado que hablarás, vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que me muero por tu plástico y tus complementos como el monedero. ¡Qué maravillosa es la tecnología! ¡La Barbie habla! ¡Como las infantas! Bueno, la de naranja sólo habla delante del juez y la de limón sigue en paradero desconocido. Pero no nos desviemos del tema.

No te lo he dicho pero tengo previsto hacer cola en la Barbie Store el tiempo que haga falta. Semanas, incluso. Si lo hacen los swaggers con Justin Bieber, no veo nada que me imposibilite imitar semejante afición. Tengo previsto disfrazarme de Ken y dejar que todos los periodistas se interesen por mis lamentables carencias emocionales. Me encantará salir en todos los telediarios mientras mi jefe se pregunta qué vio en mí para contratarme y mi exmujer confirmará sus sospechas de que soy un imbécil.

Lo que importa ahora es de qué hablaremos tú y yo. Ya sé que no podremos debatir sobre arte. Tú eres de esa clase de personas que siempre preguntan el precio de los cuadros como si el mundo fuese un gran IKEA de la postmodernidad chachipiruli. Así que este tema lo abandonaremos. Tampoco podremos hablar de fútbol. A no ser que quieras debatir sobre los peinados de Cristiano Ronaldo. ¿De qué hablaremos entonces? Ya sé, de moda. Entro en autocombustión solamente con pensarlo. Quiero que me pongas al día de todo lo que se ve en las grandes pasarelas: Milán, Nueva York, París, la calle Génova de Madrid… Me consta que eres amiga de los diseñadores más geniales del mundo mundial. Te sabes de memoria qué llevo Miss Nosénada en aquella entrega de premios tan comentada o qué zapatos combinar con el vestido fosforescente de la actriz venida a menos dispuesta a cambiar una rueda si hace falta por un papel en una peli de Almodóvar. Y es que tus conocimientos sobre banalidades te harían la candidata ideal para tertuliana de Ana Rosa Quintana. ¿Qué tal vas de asesinatos, infidelidades y corruptelas varias?

Lo que no me acaba de convencer es tu cuerpo. El tamaño normal de tu cráneo, en contraste con la invisibilidad del resto de tu anatomía, me recuerda a uno de esos periodistas pedantes que contemplan su cuerpo únicamente como medio de transporte de su cabeza. Creo que te has de cuidar un poco más. No es bueno que las niñas que juegan contigo te vean como un ejemplo a seguir y quieran estar tan delgadas como tú. Bueno, siempre puedes presentar un telediario, que Ken se enamoré de ti, organizar una boda Disney y vivir del cuento. No sé a qué me recuerda pero ¡ay, qué bonito!

De todas maneras, y a medida que te he ido escribiendo esta carta, me ha ido embargando un cierto pánico. ¿Y si un día sale al mercado la Barbie Choni, con su chándal, sus pendientes de aro y su colección de palabrotas? ¿Y si, además, la diseñan a imagen y semejanza de la princesa del pueblo, aquella chica que una vez fue chica y que ahora es semidiosa de la mediocridad? Mira, ¿sabes qué? Ya no me apetece tanto que hables. Volveré a lo clásico: enamorarme de una chica con la que quiera crecer, que se cuide pero sin obsesiones enfermizas, que me cuide pero sin que yo sea Peter Pan y ella Wendy, a la que cuidar porque sí, porque de eso se trata, supongo. En definitiva, una chica que no quiera ser Barbie.

 

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