Ha añadido una amistad en Facebook que es vecino del primo de un cuñado que tiene un suegro catalán

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Si eres uno de esos políticos que ha añadido una amistad en Facebook que es vecino del primo de un cuñado que tiene un suegro catalán y que sueles recordarlo cada vez que vienes a Catalunya para darnos lecciones mientras pones carita de gato de Shrek, permíteme que te diga una cosa, eso sí con respeto: me provocas ganas de vomitar. Lo siento. Quizá suene un poco fuerte pero es que, realmente, me generas náuseas.

Y es que no soporto el autoritarismo pero, menos aún, el paternalismo. Lleva adscrito el intento de deshacerse de todo aquello que te acerca a los catalanófobos pero tu estrategia resulta, simplemente, patética.

Si eres uno de esos políticos que afirmas aquí que lees a Espriu, que cantas a Llach en la ducha, que te enamoraste escuchando “Paraules d’amor”, que “hablas catalán en la intimidad y que, incluso, lo entiendes” (Aznar dixit), pero que allí despotricas de todo lo que tenga que ver con Catalunya, permíteme que te diga una cosa, eso sí con cariño al amplio léxico de la lengua castellana: vete a la mierda. Lo siento. Quizá suene un poco fuerte pero es que la película ha llegado a la escena en la que sobran los eufemismos.

Y es que no soporto el menosprecio a la diversidad pero, menos aún, que insulten la inteligencia colectiva. Lleva adscrita una hipocresía que resulta profundamente ofensiva.

Si eres uno de esos políticos que dices que comprendes a los catalanes, que nos quieres, que tú no eres como ellos, que vienes aquí con cariñitos y afecto de Teletubbie progre, que te muestras partidario de la autodeterminación de todos los pueblos del mundo mundial pero que después nos lanzas la Constitución a la cara, con tapa dura si hace falta, permíteme que te diga una cosa, eso sí con un “casto” abrazo: no “podemos” llevarnos bien. Lo siento. Quizá suene a desprecio pero las propuestas supuestamente progresistas que, al final, acaban convertidas en la marca blanca de la casta me resultan ajenas.

Y es que no soporto las frases que empiezan en positivo para dorar la píldora y que tienen la extraña vocación de añadir “peros” con la dulce voz de la autodeclarada superioridad moral.

En definitiva, si eres uno de esos políticos que se ha pasado de las natillas a la crema catalana por un repentino amor a la gastronomía catalana, que veranea en la Costa Brava aunque nadie te haya visto por allí, que afirma en todas las entrevistas que su segundo equipo favorito es el Barça y cita a jugadores de los cincuenta que se ha aprendido gracias a Google, que con sus falsos elogios hacia Catalunya cargados de tanto azúcar podría provocar un coma diabético a quien no lo es, permíteme que te diga una cosa: no hagas el ridículo. Aunque, eso sí, siempre encontrarás a otro que te ganará por experiencia.

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