La tragedia de un hombre ridículo

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Estimado, o no, Armando:

Déjame que cite una hermosa frase de Mark Twain:

Los dos días más importantes de tu vida son el día en que naces y el día en que entiendes por qué estás aquí”. Te digo esto porque tengo la impresión que todavía no has conseguido vivir ninguno de los dos. Es la tragedia de muchos hombres ridículos. Nacen muertos. Nacen desposeídos de todo aquello que nos distingue comos seres humanos: sensibilidad, empatía, ternura, inteligencia… Así, estos hombres ridículos, son espíritus malignos que vagan por un espacio físico que no les corresponde porque, simplemente, no debieron nacer. Algún error se produjo en esa mágica unión de óvulo y espermatozoide que les posibilitó el nacimiento físico pero que no les dotó con la materia intangible de aquello que posee el resto de la Humanidad y que, entre otras muchas cosas, permite la convivencia pacífica.

Naciste muerto. No hay ninguna duda. Naciste muerto porque tan sólo estás aquí para convertir la existencia en un escaparate del odio. Odio a todo aquello que jamás estarás en condiciones de comprender. Porque todavía no has nacido. Y cuando no se ha nacido, no se puede entender en qué consiste este regalo que es la vida. Resulta imposible que establezcas un debate con aquello que te resulta ajeno. Todo lo que se aleja de los cuatro pensamientos que otros fabricaron antes y que has adoptado a causa de tu falta de capacidad para absorber complejidades te parecerá indescifrable, críptico, como esa vida muerta que ves cada día en el espejo y que no aciertas a vislumbrar para qué sirve.

Nadie recuerda el momento del nacimiento. Debes confiar en las personas que estuvieron allí para que te expliquen cómo fue. Pero sí que es muy posible saber cuál es ese segundo día, en el que uno entiende por qué estamos aquí. Quizá se dé en la infancia o, más tarde, en la adolescencia. Quizá se haga esperar hasta la juventud o hasta la madurez. En el peor de los casos se produzca cinco minutos antes de morir. Lo que está claro es que para paladear ese segundo día, primero se debe haber experimentado el nacimiento como ser humano. Y no como una amalgama de ADN que, a duras penas, ha conseguido controlar el esfínter y la incontinencia verbal, aunque a veces se mezclen ambas situaciones.

El ser humano debe apostar decididamente por alcanzar el segundo día. Debe intentar conseguir autoridad sobre uno mismo. Debe luchar para que la parte del pensamiento que es auténticamente libre sea cada vez más amplia. Debe potenciar todos aquellos valores que le aproximan al prójimo en una relación de iguales. Sin chulería, sin prepotencia, sin insultos, sin menosprecio. Sólo así es posible alcanzar ese día.

Hasta entonces serás un muerto viviente. El proyecto de un humano aún por nacer.

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