El selfie de Dorian Gray

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Llevo unos minutos observándote y hay algo que no acabo de entender. Aunque mis conocimientos sobre móviles son escasos, supongo que el tuyo debe ser de los caros. Y, a juzgar por los selfies que te haces, debes querer amortizarlo en pocos días.

Como si se tratase de un tic nervioso, no puedes detener esa especie de compulsión primitiva basada en la inmortalización de sonrisas que ya has simulado hace tan solo unos pocos segundos. Sé que la Tierra ha viajado unos miles de kilómetros en su eterna travesía alrededor del Sol desde que hace dos minutos le pediste a esa chica que juntara su cabeza con la tuya, para pulsar después el botón y guardar el momento en la tarjeta de tu móvil. Pero, créeme, la chica seguirá sin hacerte demasiado caso aunque le pidas una constelación de selfies. Siento que esa mirada que le has robado no haya obrado el milagro. Aún nadie ha inventado el móvil para semejante misión en la que todos hemos fracasado alguna vez. El amor no siempre tiene cobertura.

Continuarás desafiando al tiempo con tu juventud en formato jpeg. Ten paciencia porque con los años esos rostros habrán desaparecido de tu vida. Aprenderás qué es el abandono o la rutina de las despedidas. Y, poco a poco, descubrirás que no eres Dorian Gray. El cabello habrá desertado. Las arrugas dibujarán carreteras en las que jamás quisiste perderte. El brillo de tus ojos se transformará en un mate cansado ya de tanto mirar al maldito espejo.

Mientras, puedes dejarte llevar por el narcisismo de un millón de píxels. Pero recuerda que eres un viajero del tiempo y que, en este extraño itinerario, el momento que ahora estalla en la pantalla de tu móvil jamás regresará en su forma primigenia. Lo llaman crecer, o quizá vivir. Aún no sé la diferencia.

Finge una sonrisa. Rodéate de otras sonrisas fingidas. Coloca el móvil en la mejor posición. Deja que el flash haga transparente tu mirada. Ya está. Una foto más en tu museo de momentos perdidos que quizá algún día te harán recordar que una vez fuiste joven.

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