Los famosos no sirven para nada

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Los famosos no sirven para nada. Sí, de acuerdo. Las revistas del corazón generan puestos de trabajo. Y para que este tipo de publicaciones llegue a los kioscos es necesario que existan famosos. Pero más allá de este hecho, que seguramente es irrefutable, los famosos no tienen ninguna utilidad. O quizá estoy equivocado y sí nos sirven para algo. Bien pensado… cuando los intestinos no nos funcionan bien, sirven como lectura en el cuarto de baño. Vemos las grandes mansiones en las que viven, esas chimeneas en las que siempre arde una pequeña hoguera, esas maravillosas piscinas con las iniciales del famoso de turno grabadas en el fondo, sus perennes sonrisas y, en seguida, notamos que algo se revuelve en nuestro interior. Es posible también que los famosos sirvan para matar el tiempo, siempre y cuando no lo hayamos matado ya. Amenizan nuestras esperas en la peluquería o en el dentista. Además, las horas en las terminales de los aeropuertos se hacen más llevaderas si vemos a periodistas persiguiendo con sus cámaras a esos rostros populares que, con el tiempo, ya han empezado a integrar un paisaje humano común a todos los que pertenecemos a la sufrida clase media. Vamos siguiendo sus vidas con el mismo interés que veríamos crecer un geranio, pero siempre han estado allí. Forman parte del inconsciente colectivo y jamás encontramos el momento de discutir uno solo de nuestros anhelos frustrados por la monotonía y el conformismo.

Pero los caminos de la fama son, como otro tipo de caminos, inescrutables. En el siglo XIX, el francés Joseph Pujol se hizo muy famoso debido a su capacidad de apagar velas y tocar el himno nacional con sus fabulosos pedos. El llamado Petomaine actuaba en el Moulin Rouge de París, y su esfínter prodigioso le hizo alcanzar la gloria de la celebridad. Dejó claro que la verdadera esencia de la fama consiste en alzarse en medio de las multitudes haciendo algo fuera de lo común. Eso mismo lleva a cabo el belga Noel Godin, que se ha especializado en lanzar pasteles de crema a la cara de personajes populares. Bill Gates y Jean-Luc Godard ya han recibido tartazos apoteósicos. Y si uno no puede hacerse famoso tirándose pedos o a través del terrorismo repostero, siempre queda el consuelo del suicidio. En 1932, la actriz Peg Entwhistle alcanzó la fama, – quizá a un precio un poco alto -, porque se lanzó al vacío desde lo alto de la “H” del letrero de Hollywood. Tuvo, sin embargo, algo de mala suerte, ya que aterrizó encima de un cactus y tardó cinco días en morir.

Y si cuando nos preguntan no concedemos ninguna importancia a la fama: ¿por qué la consideramos tan interesante? La clave estaría en que, en el fondo, los famosos sí nos sirven para algo. Cuando la realidad muerde, devora, aplasta sin ningún tipo de rubor nuestros deseos más profundos, dejando en la cuneta aquello en lo que siempre hemos creído, nos quedan los famosos. Ellos son egoístas por nosotros, y maleducados, y engreídos. Ellos son guapos por nosotros, y ricos, y populares. Viajan en yate por nosotros, comen en los mejores restaurantes por nosotros, se hacen liposucciones por nosotros. Somos la clase media y soñamos ser como ellos. Actúan de vínculo emocional con nuestros deseos reprimidos y son el mejor combustible para todos los sueños: los confesables y aquellos que no revelaríamos ni bajo tortura. Nos da igual si no tienen estudios, si lo único que han leído en su vida son las instrucciones de su televisor de plasma o si matarían por una portada. Esos son defectos que podemos perdonar.

Porque ser famoso es como si te tocase la lotería. La única diferencia entre la lotería y muchos famosos es que la lotería no se cree Dios. Por lo demás, son iguales. Un billete de lotería premiado y un famoso aportan en nuestros subconscientes los mismos ingredientes en la poción mágica de éxito con la que sueña el mundo occidental: dinero, belleza y fama.

Concurso: ¿para qué sirve un famoso? Tic, tac, tic, tac. El reloj empieza a contar…

  • Para comprobar los pésimos resultados de una operación de cirugía estética.
  • Para cruzar apuestas acerca del tiempo que tardará en divorciarse un matrimonio entre una cantante de pop famosa y un actor venido a menos.
  • Para criticar su mal gusto en la decoración.
  • Para ver el último modelo de Ferrari salido al mercado sin necesidad de comprar una revista de automóviles.
  • Para cotillear acerca de sus infidelidades conyugales.
  • Para darte cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, al recordar que la madre famosa que vendió la exclusiva de un embarazo, ahora tiene una hija famosa que ha vendido la exclusiva del suyo.
  • Para calibrar los límites del patetismo en aquella vieja gloria de la pantalla que ahora vende montajes a revistas del corazón con su supuesto amante cubano.

¡Tieeeeeempo! Siete respuestas acertadas a seis euros cada una son… mucho menos de lo que gana la mayoría de estos famosos durante el tiempo que dura una de sus glamourosas evacuaciones intestinales.

En conclusión: estaba equivocado, los famosos sí que sirven para algo. Pintan de colores una realidad que en demasiadas ocasiones es gris. Vehiculan nuestras obsesiones y carencias transformando sus dramas personales en un espacio de dolor en el que poder sentirnos más humanos. Ante la complejidad de la política, de la ciencia, del mundo laboral, de las relaciones personales o ante la dificultad de vivir con una insultante pensión de jubilación, o de quitarle el envoltorio de plástico a un CD, los famosos nos enseñan que la vida puede ser simple, muy simple, casi tanto como los mecanismos cerebrales de muchos de ellos.

Una encuesta realizada en EEUU revela que casi un tercio de la población norteamericana cree probable que ellos mismos lleguen a ser famosos algún día. Un tercio de la población norteamericana equivale aproximadamente a unos sesenta millones de personas. La cifra produce escalofríos. ¿Dónde encontrar tanta silicona? ¿Se fabricarán suficientes yates? ¿Podrán organizarse tantas fiestas?

En un futuro, que no se me antoja muy lejano, las democracias occidentales harán cambios en sus constituciones. A los derechos a la vida, a la libertad y al resto de derechos fundamentales de la persona, se añadirá un derecho más: el derecho a novecientos segundos de popularidad.

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