¡Qué hostia… qué hostia!

hostia

Estimados, o no, peperos:

No sabéis las ganas que tenía de que llegara este momento. Ver la palabra fracaso escrita en los rostros de personajes como Esperanza Aguirre, Rita Barberá, Alberto Fabra, María Dolores de Cospedal, José Ramón Bauzá, Alicia Sánchez-Camacho, José Antonio Monago o Xavier García Albiol es algo que se debe disfrutar lentamente, saboreando cada instante como si fuese una experiencia irrepetible.

Lo cierto es que durante los últimos años el mundo que ha rodeado al PP hubiese dado para una segunda parte de Seven. Porque recordáis los siete pecados capitales, ¿no?

Lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Es la magnífica fotografía de vuestro partido. Pero de todos los pecados capitales hay uno en el que tenéis nivel Jedi: la soberbia. Altivez, arrogancia, prepotencia, vanidad, son sinónimos de lo que ha sido (yo diría que siempre) el ADN de la derecha en este país. Valorarse por encima de los demás, ningunear otras voces, ridiculizar las protestas, transformar las mayorías absolutas en un ejercicio de poder aplastante, inventarse conceptos estúpidos como el de la mayoría invisible, jugar con el lenguaje para disfrazarse con el mayor de los ridículos aunque sea en pago simulado en diferido, hacer de la demagogia un instrumento populista, apoyarse en mentiras y negar las evidencias, alimentar odios basados en conflictos lingüísticos inexistentes, intentar aplastar las diferencias culturales con la excusa de váyase a saber qué idea de país superada por la democracia y, sobre todo, insultar la inteligencia colectiva con un millón de excusas, televisores de plasma, ministros arrogantes, portavoces perdonavidas, pirómanos de la convivencia, periodistas lameculos y portadas tardofranquistas confeccionadas por la mente cómplice de un amiguete. Ésa ha sido vuestra acción de gobierno. Por no hablar de la corrupción, de la desidia institucional que está provocando la huida de los jóvenes talentos a otros países (movilidad exterior, le habéis llamado), de los “que se jodan”, de los intentos de españolizar a nuestros hijos, de las ausencias presidenciales cuando había que dar la cara, de las reformas laborales que han precarizado aún más al trabajador, de los malabarismos con los derechos sociales, de la connivencia con los Roucos de turno, de los aeropuertos sin aviones, de los AVE’s vacíos y las cercanías tercermundistas, del IVA que ha intentado exterminar la industria cultural y, en general, de la miseria intelectual de un discurso político que no superaría ni un examen de Bachillerato. Eso es el PP. Por obra y gracia de los que han mamado del bote desde que el viejo se murió (algunos desde antes), de una izquierda que debe reinventarse, de una clase media que se creyó el “España va bien” y de unos nostálgicos casposos que huelen a moho.

La soberbia requiere mucho esfuerzo. Demostrar superioridad consume muchas calorías. Llega a agotar. Porque nadie es perfecto. Ninguna organización tiene la verdad absoluta. La realidad es compleja, requiere matices, negociar, pactar, llegar a acuerdos en los que se tenga más en cuenta el bien colectivo que el propio. Pero, para ello, primero se ha de conceder importancia a la otra parte. Dudo que lo hagáis. Es más fácil desplazar la culpa a enemigos invisibles. O, incluso, agachar la cabeza y huir después del estropicio. Al final, la frase más inteligente que se ha pronunciado estos días fue la que dijo Rita Barberá la noche electoral: ¡Qué hostia …qué hostia! Pues sí, con la mano abierta y más firme que una Constitución de tapa dura.

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