La historia del tipo que silbaba

antiviolencia

Estimado blog:

Hoy, más que nunca, te utilizaré de diario. Serás una de esas libretitas que algunos adolescentes escriben furtivamente para dejar registradas sus inquietudes y obsesiones. Y es que hoy he presenciado algo alucinante. Iba paseando tranquilamente por la calle y he visto a un tipo silbando. En serio, el tío iba silbando como quien va en pelotas, a la vista de todo el mundo. Indignante.

Ya me ha parecido sospechoso cuando me he cruzado con él y me ha sonreído. Parecía feliz, eso era innegable. A mí, que me sonrían, se me antoja de mala educación pero silbar… es la cosa más nauseabunda del mundo. La gente no debe silbar. Los silbidos son la mayor expresión de odio posible. Al fin y al cabo, odiar y ser feliz es lo mismo (creo que me estoy haciendo un lío, estimado blog). La gente no debe aparentar ser feliz. En este país está prohibido ser feliz. ¿Tú has visto la cantidad de amargados y malfollados que nos rodean? ¿Tú no ves la tele? En serio, ¿de verdad crees que hay algún ministro que sea feliz o que alguno de esos periodistas de la caverna esté deseando que acabe su jornada laboral para disfrutar de la vida? Pues eso, ser feliz está muy mal visto. Por no hablar, claro, de protestar. Protestar está aún más mal visto. Un patriota debe agachar la cabeza y dar gracias a todos los dioses por haber nacido aquí.

Por lo tanto, el verdadero estado anímico de un buen ciudadano es permanecer en una zona liminal entre estar un poco jodido, pero no lo suficiente como para protestar, ni demasiado poco jodido como para parecer que eres feliz. Ése es el buen patriota. Mira a Fernández Díaz. Bueno… mal ejemplo.

Por eso, me hubiera gustado decirle cuatro cosas a ese ser disfuncional que silbaba. Me he reprimido porque silbaba el “Viva España”. Te he de confesar que utilizar un símbolo nacional para silbar me ha provocado un cierto cortocircuito psicológico/emocional/patriótico. Por eso no le he dicho nada. He preferido tararear mentalmente la letra, que siempre es más bonito. Entre Flores, fandanguillos y alegrías, nació en España la tierra del amor. Solo Dios pudiera hacer tanta belleza y es imposible que puedan haber dos.

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