Tarados made in Spain

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Estimado, o no, sistema:

Sé que eres un ente abstracto, que nadie sabe exactamente qué es eso del sistema, pero me veo en la obligación de escribirte porque, como ciudadano cobarde que soy, te pido tu ayuda. Y es que estoy un poco como Urdangarín cada vez que le nombran al juez Castro. Para explicártelo de una manera sencilla, tengo los testículos compitiendo con las cuerdas vocales y, cada vez que quiero cantar, me sale la música de una peli porno.

Estimado, o no, sistema: hay mucho tarado en España. No sé si es un exceso de sol o que las paellas llevan algún componente nocivo que afecta a los neurotransmisores, pero estamos bien jodidos. El nivel de descerebrados hará enfurecer a cualquier guionista de American Pie por competencia desleal.

Ahora resulta que un mando de la Guardia Civil dice que “nuestra arma sera el terror”. Dejando de lado que cuando explicaron las tildes, él debía estar matando gorriones a perdigonazos, hay una cosa que está clara: este tío tiene un arma reglamentaria. El sistema, o sea tú, ha permitido que un aprendiz de Lee Harvey Oswald, versión picoleto trasnochado, pueda invadir Catalunya y no precisamente para hacer fotos de la Sagrada Familia.

Las terapias cognitivo-conductuales han mejorado mucho. Lo que antes se resolvía con una hostia preventiva ahora se soluciona con un reality show en hora de máxima audiencia. Por eso te pido, sistema, que modernices tus métodos adaptativos para que esta gente no tenga tentaciones chungas y después lo lamentemos. Por ejemplo, después de la gloriosa y heroica reconquista del islote de Perejil, sería muy positivo para la moral patriótica de estos sobreexcitados funcionarios abrir un centro de relajación ideológica. Allí, contemplando los bellos anocheceres del estrecho de Gibraltar, podrían encontrar un cierto sentido a su vida, más allá de las películas de Steven Seagal. Dispones también, sistema, de una maravillosa red de estaciones de AVE infrautilizadas para que esta gente cuente trenes en un reconfortante silencio terapéutico. Incluso, los aeropuertos sin aviones podrían servir para la contemplación de las estrellas y la finitud de la vida. Al menos, mientras estos seres tan avanzados neurológicamente estén preguntándose qué son esas lucecitas, los demás estaremos un poco más tranquilos. Así podremos también preguntarnos qué hemos hecho mal para que nuestra idea de libertad sea poner la toalla en la playa a primera hora con la finalidad de que nadie nos quite el espacio al lado del chiringuito. ¡Viva el tinto de verano y el maravilloso sistema que nos sostiene!

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