La idiotez llegó para ser eterna

odena

En aquellos tiempos extraños llegaron los idiotas para quedarse. La idiotez se extendió por todo el territorio contaminando con su aroma putrefacto la armonía de sus habitantes. Era una idiotez irrefrenable, ajena a cualquier signo de optimismo. Idiotez que todo lo toca y que pervierte el equilibrio de la convivencia. Idiotez amplificada, elevada a la categoría de ideología, necesaria para aquellos que son incapaces de entender el mundo que les ha tocado vivir.

En aquellos tiempos extraños los idiotas conquistaron espacios: televisiones, radios, periódicos, redes sociales… Quisieron los idiotas reivindicarse para que el mundo se volviera igual de idiota que ellos. Convirtieron la idiotez en una nueva religión sin más redención que la posibilidad de aumentar las cuotas de protagonismo de idiotas vocacionales. La idiotez alcanzó la política, se hizo un hueco en campañas electorales, en parlamentos, en comisiones dispuestas a dotar a la idiotez de instrumentos de poder cada vez más constructores de idiotez colectiva.

En aquellos tiempos extraños la sensatez tuvo que emigrar a otros lugares. Ya no había sitio para el arte, para la literatura o la filosofía. Idiotas dispuestos a destruir tres mil años de sabiduría quisieron despojar de sentido a lo que precisamente daba sentido. Y es que la idiotez es capaz de darle la vuelta a todo para que lo normal sea precisamente la anormalidad y, lo que antes se presumía como excelente, ahora navegue por las procelosas aguas de la mediocridad institucionalizada.

En aquellos tiempos extraños desaparecieron la sensibilidad, la ternura o la empatía para ceder su espacio a la idiotez. Idiotas incapaces de experimentar más sentimientos que el “sálvese quien pueda” secuestraron los corazones con su demagogia y palabrería barata. Ser idiota estaba de moda y, aunque las modas van y vienen, la idiotez llegó para ser eterna.

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