No a las corridas de toros. No y mil veces, no

toros

Estimado, o no, Sergio:

Te escribo porque quiero felicitarte por tu tweet. Por fin alguien asimila el terrorismo a ese terrible e infame espectáculo que son las corridas de toros. Y es que ambas actividades son destructivas, irracionales y constituyen una muestra más de las barbaries a las que a veces se dedican los seres humanos. Porque, supongo que no te refieres a las películas violentas que se hayan podido proyectar en el maravilloso Festival de San Sebastián. ¿Cierto? Y es que algunas personas tenéis la extraña capacidad de insinuar evidencias que después desmentís para abrazaros a la idea de que sois las pobres víctimas de malentendidos y no los culpables de frases desafortunadas.

Pero, si la asimilación de la actividad terrorista a la actividad de los toreros es extraña viniendo de un taurino, lo que me llama la atención es la constatación de que lo que defendéis es que se aplauda la sangre. ¿Debemos congratularnos de que se aplauda la sangre? ¿Debemos proteger espectáculos que satisfagan los deseos primigenios de personas (?) sedientas de sangre?

Sé que quizá venimos de mundos muy diferentes pero estoy convencido de que el progreso del ser humano (y no me refiero sólo al progreso material) está relacionado con su creatividad, con su respeto al medio ambiente, con su tendencia a buscar la belleza o con su sensibilidad respecto a todo aquello que le rodea, por ejemplo, los animales. Por eso, yo no me congratulo de que en este país (ni en ningún otro) existan personas que aplaudan la sangre, que dilaten sus pupilas cuando un ser vivo agoniza, que disfruten con el terrible espectáculo de la muerte. Porque, en esas ocasiones, siento asco. Unas inmensas náuseas intelectuales se apoderan de todo aquello a lo que he intentado abrazarme para lograr captar y disfrutar la muchísima belleza que hay en este mundo.

Durante años habéis hablado de arte, de cultura, de tradición. Nos habéis tratado como ignorantes porque hemos sido incapaces de encontrarle un sentido a vuestro negocio de la sangre. Habéis insinuado, una y mil veces, que somos imbéciles porque no entendemos que mover un trapo delante de un toro, torturarle y desgarrar sus vísceras con la complicidad de un público sediento de sangre es una actividad que eleva al ser humano en los altares de vete a saber qué extraña belleza. Lo siento pero no. La belleza está en las bibliotecas, en los museos, en las pantallas de los cines, en los escenarios de los teatros o en todos los ecosistemas en los que encontrar seres vivos. La belleza no tiene nada, absolutamente nada que ver, con la sublimación de la violencia. Esta es, simplemente, una más de las disfunciones de España que, a pesar de contar con un legado cultural impresionante, se empeña en mantener semejante espectáculo delirante y vergonzoso. Creo, sinceramente, que este lamentable espectáculo constituye uno de los síntomas más evidentes del fracaso de esta sociedad, de este proyecto fallido de país que es España. Es un fracaso del sistema educativo. Es un fracaso de nuestros valores morales. Es un fracaso de esa brújula que todos los ciudadanos tenemos para distinguir realmente lo que es una cultura sana y enriquecedora de un negocio absurdo y anacrónico, destinado a aliviar las neurosis de algunos ciudadanos deseosos de llenar su cerebro con imágenes dantescas.

Y no. No a las retransmisiones de corridas de toros en TVE. Y más cuando se hacen en horario infantil. No a la difusión de la tortura en una televisión pública. No y mil veces no. No. Sí a una televisión pública que forme, informe y entretenga. No a semejante divulgación de violencia gratuita (en este caso, subvencionada).

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