El político en campaña no es una persona normal #IcetaOnFire

El político sube al escenario entre aplausos, gritos y flashes fotográficos. Se sabe el centro de las miradas. Su ego se ilumina de dentro hacia afuera, como un Gusiluz en busca de escaños. El político necesita ese momento. Es su momento. Las largas sesiones del Parlamento son horas muertas que le atrapan en un tedio insufrible. Pero ese momento…

El político se sabe de memoria el discurso que le han escrito. No manda, ni falta que le hace. El político no necesita mandar para sentirse bien. Ver su cara en las portadas, oír su voz en la radio del coche negro, sentir que existe en su pantalla de 50 pulgadas, ya colma con creces su ansia de popularidad. El chute diario de fama, la anfetamina en forma de entrevista, la tertulia que le provoca una eyaculación interior, su nombre en un chyron televisivo, un primer plano en prime time, la sonrisa irónica de su alter ego en el monitor del plató.

El político aplaude a la multitud, la multitud acaricia el rostro del político con miradas y sonrisas en perfecta comunión. Suena la música a un millón de decibelios por los altavoces alquilados para la ocasión. Todo el mundo cree conocerla. Es una canción tan antigua como el discurso del político pero a nadie parece importarle. El escenario es rojo, o verde, o naranja. O quizá es del color que quiera ver el espectador, ansioso de llenar sus retinas de color en el blanco y negro de su vida.

El político pide silencio. Un último aplauso tímido encadena un discurso. Buenas noches. Gracias por estar aquí. Bla, bla, bla. Muchos bla, bla, bla seguidos de aplausos. Citas de filósofos… Como dijo… Chistes que nadie entiende… Ja, ja, ja. Frases hechas, tópicos manidos, futuro… futuro… futuro… Se cuela un “bravo”… y, más tarde, un “te queremos”… Y la luna en el cielo se ríe del espontáneo.

El político en campaña no es una persona normal. Nadie besa tanto por un sueldo. Nadie estrecha tantas manos. Nadie parece estar en tantos sitios a la vez. Ahora aquí. ¿Dónde estamos? Deja que mire. ¿Y ahora? No lo sé, espera. ¿Y ése quién es? Un posible votante. Hola. Gracias. Encantado. ¿Cómo te va? Un selfie. Dos selfies. Tres selfies. El político en tu Facebook. Pues no está tan gordo. Y me ha dado un beso. Tres “me gusta”. Un emoticono de corazón. Otro con una flamenca que nadie entiende. El político en tu Twitter. Dos retuits y cuatro favoritos. Un troll que se ríe de ti. ¿A quién le importa? Un bloqueo y santas pascuas.

El político acaba su discurso. Euforia a 100 ºC. Hierve el aire. Suena la misma música al mismo millón de decibelios. La felicidad simulada para diez reporteros que se quieren ir a casa. Una conexión en directo. Estamos en campaña. No te olvides de votarnos. Nos jugamos mucho. El político como estrella de rock. El político dialogando con el ridículo. El político en una nube con su gente.

No, definitivamente, el político en campaña no es una persona normal.

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