Me quieres dibujando con la mirada baldosas en el suelo

conflicto

Me quieres dibujando con la mirada baldosas en el suelo, en actitud sumisa. Me quieres cómplice cuando sea necesario; es decir, siempre. Me exiges que sea acrítico y que mi pensamiento solamente articule formas de convivencia que diseñaste sin consultar. Eso soy para ti: un efecto óptico, un reflejo del subconsciente que hay que olvidar, una sombra perfectamente sincronizada con tu baile preferido.

Me quieres persiguiendo futuros que ya has pensado para mí porque en tu posición de autoelegido Dios de la sabiduría eterna no hay nada que admita discusión. Soy el aplauso que esperas oír cada vez que en tu mente se apagan los ecos de tu voz, un público agradecido dispuesto a llenar el auditorio de tu imaginación, la llama que ilumina tu ego con energía y calor. Eso, y no otra cosa, soy para ti.

Me quieres a tu lado, marcando el paso. Izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. Me quieres feliz porque crees saber perfectamente qué me hace feliz. Me quieres sin más sentimientos que los tuyos, sin más emociones que un espacio vacío con el que llenar las tuyas. Me quieres y me odias. No me quieres contigo, pero tampoco te quieres sin mí. No me dejas que me vaya y tampoco que me quede. Me quieres en grande y me amas en pequeño. Porque eso no es amor, sino credenciales de posesión.

Me quieres dibujando frustraciones en el asfalto y, sobre todo, me quieres callado.

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