Carta a Isabel Coixet

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Estimada, o no, Isabel Coixet:

Te escribo para felicitarte por el borrador del guión de tu próxima película de terror que has publicado en El País. Yo te creía una cineasta encasillada en el género del drama pero he percibido, con enorme alegría, tu capacidad para codearte con grandes genios del terror como Edgar Allan Poe o Francisco Marhuenda. Ya sé que a los cineastas no os gusta hablar de vuestros próximos proyectos pero lo podrías titular “Cosas que nunca te dije… antes de convertirme en un zombie” o “Aprendiendo a conducir, siempre y cuando estos separatas no corten la Meridiana”. Y ya que estamos dentro del mundo terrorífico y apocalíptico del independentismo, hagamos como Jack el Destripador y vayamos por partes para analizar tu artículo.

Somos lo peor de cada casa. Y somos muchos. Más de lo que parece. Más de lo que todo el mundo cree. Pasamos casi desapercibidos, caminamos de puntillas. Somos los tímidos que nos callamos en las discusiones porque lo nuestro no es discutir, los que no sabemos a quién votar porque nos parece que la votación está mal planteada de raíz, los que estamos encerrados con un solo juguete y ansiamos salir porque pensamos que sin juguetes, ahí afuera, también se puede jugar. Nos dan apuro los gritos, los himnos, las marchas, las banderas, los discursos. No son para gente de nuestra calaña, pero somos perfectamente capaces de tolerarlos y de respetar a los que vibran con ellos aunque carezcamos de ese esquivo gen que nos permitiría pasarlo en grande en los pasacalles.

Isabel, disculpa que te diga que no tengo ni la más remota idea de qué tiene que ver el acertado retrato de la introversión que has dibujado, con la discusión política que desarrollas posteriormente. No obstante, quiero felicitarte por esa prosa que parece escrita por Sylvia Plath o Virginia Woolf. Eso sí, sin ánimos de hacer ningún spoiler, debo decir que las dos no acabaron especialmente bien sus vidas.

Querríamos estar llenos de ilusión, pero nuestro ADN está severamente dañado. Hemos nacido con una grave tara que arrastramos con resignación pero sin orgullo ni vergüenza. Una tara que es como un lunar en el brazo, que tenemos desde críos, de esos lunares de color marrón que ya no vemos porque han crecido con nosotros. Somos como sombras que se arrastran en silencio, como los tipos de La invasión de los ultracuerpos, fingiendo que somos como los demás, aunque por dentro estemos apenados, acojonados y perplejos.

Repite conmigo: Pexeva, Paxil, Paxil CR, Selfemra, Sarafem, Rapiflux y Prozac. Los venden en las farmacias con prescripción médica.

Somos catalanes a los que la independencia y todo lo que supone nos da una pereza inmensa. Ciudadanos de cuarta, frívolos y vagazos, conscientes de estar cometiendo un sacrilegio espantoso por el que asumimos la penitencia y el castigo que caerá inexorablemente sobre nuestras cabezas. Ya lo he dicho: lo peor de cada casa.

Con este párrafo, estoy completamente de acuerdo. Sobre todo con lo de vagazos.

Ahora, en serio: lo respeto. Respeto que la independencia te dé una pereza inmensa. A mí me da una pereza inmensa ir a la piscina tres veces por semana y comer pocas grasas para no ponerme como Kiko Rivera. Pero, afortunadamente, vivimos a partir de nuestras elecciones personales y la tuya es perfectamente válida y respetable. De hecho, yo también tengo muchas ganas de que ya no hayan independentistas, como a los ecologistas les debe apetecer mucho que no sea necesario que hayan ecologistas. Lo que ya no tengo tan claro es que a los fachas les apetezca que deje de haber fachas… pero ésa es otra discusión.

La idea de España no nos fascina, pero no nos repugna.

También estoy de acuerdo… y sigo siendo independentista. No veo que, por querer ser ciudadano de un Estado nuevo, me deba repugnar otro, y más cuando comparto con él tantos lazos sentimentales. Tu frase contiene cierta dosis de demagogia, ¿no? Venga… sí, un poquito.

Como nos sentimos en casa tanto en Olot como en Orense o en Orán, nos llaman, merecidamente por supuesto, botiflers, españolazos, charnegos, desgraciados y hasta cosmopolitas.

Ya sé que es entrar en el “y tú más” pero a mí me han llamado nazi, fascista, norcoreano, catalufo y polaco (aderezado con un bonito “de mierda”). ¿Los insultos que presuntamente recibes te han causado algún trauma? A mí, no. Joden, son todos injustos, no deberían existir y entiendo que los denuncies. Como también espero que tu nivel de comprensión, demostrado por tu indudable e incuestionable inteligencia, no disminuya cuando los que no “nos arrastramos en silencio como sombras” los denunciemos. Quid pro quo.

Llegados a este punto y, como tú, también soy un vagazo, me voy a abstener de analizar el resto de tu guión de terror. Eso sí, déjame que concluya con una pequeña historia:

Isabel llegó sedienta y acalorada a un bar, se sentó en la barra con la garganta seca y dijo al ver acercarse al camarero:

  • Hola, ¿me pones una Coca Cola?

  • Ahora mismo, respondió el camarero.

Unos segundos después, el camarero le trajo un café con leche. Soltaba un humillo perfecto para un día de enero pero daba la casualidad de que el termómetro marcaba 35 ºC y el calendario del Barça que había encima de la cafetera informaba a sus clientes que estaban en medio del mes de Agosto. Isabel sufrió una decepción enorme pero ella era de esas personas que pasan casi desapercibidas, que caminan de puntillas. Esas personas tímidas que se callan en las discusiones porque lo suyo no es discutir, las que no saben a quién votar porque les parece que la votación está mal planteada de raíz, las que están encerradas con un solo juguete y ansían salir porque piensan que sin juguetes, ahí afuera, también se puede jugar. Por eso, Isabel descartó inmediatamente las otras dos opciones:

a) ¡¡¡¿Se puede saber por qué eres tan inútil?!!! ¡¡¡Te he pedido una Coca Cola!!! ¡¡¡Botifler!!! ¡¡¡Nazi!!!

b) Disculpa… perdona. Es que te he pedido una Coca Cola y me has traído un café con leche. ¿Te importaría cambiármelo?

Por eso, Isabel, a pesar de que estaba sudando y le apetecía un café con leche con la misma intensidad que una patada en sus fotogramas, se lo bebió. Trago a trago. Glup. Glup. Y fue feliz… o no.

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