Tengo derecho, supongo

Justicia-romana

Estimado, amigo unionista:

De acuerdo, nadie ha logrado convencerte. No acabas de ver factible la idea de una Catalunya como nuevo estado de Europa. Estás en tu derecho. Te han robado el derecho a opinar en un referéndum pero es evidente que no te importa ya que lo que quieres es quedarte igual. Yo no. A mí no me gusta esta España. Hace años me imaginaba una España diferente pero, a fuerza de que la realidad muerda una y otra vez, he preferido situar la imaginación en lugares más productivos como, por ejemplo, este humilde blog. Gracias. Me despido. Adiós. No… espera. Déjame antes que te explique cuál era mi idea de España. No te voy a pedir que cierres los ojos y te la imagines porque entonces no podrías leer este texto (#ChisteMaloNoPeor). Pero, sí te voy a pedir al final un pequeño ejercicio. Vamos allá… ésta ERA mi idea de España.

  • Una España que hiciera autocrítica sobre su pasado: sobre su colonialismo despiadado, sobre su genocidio en América y, especialmente, sobre su Guerra Civil y su franquismo. Y es que no se han cerrado las heridas. La venganza de los ganadores del golpe de Estado del 36 fue brutal, cruel. Las cunetas siguen llenas de españoles que defendieron un régimen democrático y la derecha, no sólo no ha condenado la dictadura, sino que además sigue existiendo un régimen sustentado por el mismo espíritu revanchista, autoritario, prepotente y cerrado a todo tipo de autocrítica. Que un partido como la Falange pueda presentarse a unas elecciones es, sin ninguna duda, una anomalía democrática. Qué avanzada ideológicamente hubiese sido una España que cuestionase su transición a la democracia al estar hecha sobre un pacto de silencio y no sobre la condena a los crímenes cometidos.

  • Una España enamorada de su diversidad cultural y lingüística. Me imaginaba la posibilidad de que, desde el Estado central se potenciasen espacios culturales como el catalán, el vasco o el gallego, que desde el Ministerio de Cultura se fomentara decididamente la protección de las lenguas que no son el castellano, que no se generase ninguna polémica artificial con intereses electorales que pusiera en duda una escuela con inmersión lingüística, que en las televisiones españolas se pudiesen escuchar habitualmente y con naturalidad canciones con letras en catalán, en vasco o en gallego, como se hace con los músicos anglosajones. Me imaginaba una España en la que se pudiera aplaudir una exhibición castellera en la Plaza Mayor de Madrid.

  • Una España republicana, en la que se hubiese realizado un referéndum para cuestionar una forma de Estado inducida por el franquismo y mantenida por vía espermática.

  • Una España en la que el poder legislativo, el poder ejecutivo y el poder judicial estuviesen realmente separados y no en una amalgama partidista, parcial y endogámica.

  • Una España solidaria pero justa en su financiación, sin desequlibrios tan escandalosos en las inversiones y que hubiese realizado estrategias de futuro para ir olvidándose de la cultura de la subvención.

  • Una España racional, planificada a medio y largo plazo, que confiase en sus recursos pero sin sobreexplotarlos llevada de la cultura del pelotazo.

  • Una España que pensara en la misma medida en sus derechos y en sus obligaciones, en la que evadir impuestos o hacer carrera política para lucrarse fuera una excepción.

  • Una España que hubiese apostado por crear sinergias entre Barcelona y Madrid en vez de enfrentarlas a través del maldito pensamiento centralista y centralizador, para que crecieran a la vez sin desconfianza, para aprovechar lo mejor de cada una, para que las dos tuvieran un aeropuerto hub, una red ferroviaria competitiva (alejada del capitalismo castizo del modelo radial) y pudieran ir juntas a los mercados internacionales al fomentar la colaboración, la innovación y el talento empresarial.

  • Una España sin espectáculos en los que se tortura a animales. Porque es irracional, porque estamos en el siglo XXI, porque es cruel, porque no tiene nada que ver con los valores más básicos de un ser humano, porque avergüenza a una parte muy importante de la población, porque no es arte y porque desentona enormemente dentro del marco de riquísimas tradiciones de la cultura española.

  • Una España dialogante, pactista y que apostara por el debate (que no significa luchar para que te den la razón, sino que significa llegar a acuerdos para que todos se sientan partícipes de un proyecto común). Una España con una Constitución que contemplara la pluralidad de pensamiento de la sociedad española del siglo XXI, reformada, reinventada y en la que pudiese discutirse hasta la última coma.

Sé que sólo son cuatro ideas mal dibujadas, que es un esbozo torpe, pero te voy a pedir un pequeño ejercicio: después de leer este texto, imagínate a Rajoy, a Soraya Sáenz de Santamaría, a Wert, a Montoro. Imagínate las portadas de la prensa de la capital, el pensamiento único que se ha enquistado en los medios de comunicación, la chulería que emana de cada intervención en las tertulias y la estética del grito. Imagínate a los Bárcenas o Ratos. Imagínate los sobresueldos. Imagínate el odio a la diferencia. Imagínate la economía del enchufe y la subvención. Imagínate que se hablase más de sus grandes escritores que del Toro de la Vega, por poner un ejemplo.

Quiero vivir en un país diferente. Me imagino un país sin Pujols y sin 3%, un país con seny pero no sumiso, un país que pueda dialogar de tú a tú con España, como también me imagino una Europa diferente, muy mejorable, como quizás estés de acuerdo. Sin embargo, no confío en que España cambie. No confío en un cambio de mentalidad que lo permita. No creo en este proyecto. No creo en el PP. No creo en el PSOE. No creo en Pablo Iglesias y, mucho menos, en Albert Rivera. Tengo ilusión en un nuevo estado. Nunca me había interesado tanto la política como ahora. Nunca me había sentido formar parte de una sociedad tanto como ahora. Nunca había tenido tanta conciencia social como ahora. Tengo incertidumbres, por supuesto. ¿Tú no?  Tengo derecho a no adivinar el futuro, supongo. Incluso tengo derecho a equivocarme. Nada más faltaría que me negases ese derecho.

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