Estimado McFly: el futuro es una mierda

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Estimado Mc Fly:

Hoy es el día: 21 de octubre de 2015. Se supone que hoy estarás en algún lugar perdido entre la realidad y la ficción, allí donde habitan los sueños de cineastas que imaginaron el futuro. Y, sinceramente, no tengo más remedio que advertirte de una cosa que deberías haber previsto antes de coincidir con nosotros en estas coordenadas temporales: el futuro es una mierda. Ya sé que el pasado no fue mejor pero, en mi calidad de optimista con experiencia (es decir, de pesimista) me he visto con la obligación de decirte que el futuro no es lo que esperabas.

Más allá de que no hay coches voladores, ni ropa ajustable, ni monopatines sin ruedas que funcionen delante del MACBA para deleite de skaters sin novia y pánico de transeúntes despistados, el resto no acaba de funcionar.

Hemos inventado redes sociales pero la gente se sigue sintiendo igual de sola. La gente, las personas, esos extraños seres que se esperan ante los semáforos en desiertos de asfalto, se siguen buscando, siguen pensando que existe alguien capaz de llenar todos esos momentos en que nos sentimos fatal. Persiguen a alguien con el aspecto de galán de Hollywood o de princesa Disney con la idea de que va a dar sentido a todos los minutos de su vida… pero no siempre las cosas son así. Uno se enamora de alguien que no se parece ni de coña a George Clooney o de alguien cuya única relación con una princesa Disney es un pijama de mercadillo. Eso sí, con esa persona eres feliz, o algo que se parezca a la felicidad. Pero, Mc Fly, esa sensación ya existía antes de que Mark Zuckerberg se diera cuenta de que, en el fondo, nos sentimos solos.

También hemos creado o destruido fronteras. Algunas se han creado o destruido pacíficamente, pero otras se han dibujado con sangre y dolor. Y ya pueden existir un millón de Deloreans supermolones que seguimos sin aprender realmente qué es la democracia. Los griegos, que antaño se reunían en el ágora para filosofar, ahora se preguntan quién cojones ha firmado para ellos un futuro que no se merecen.

En el 2015 arrinconamos a personas ante las fronteras, no les dejamos entrar o no les dejamos salir. Los mapas se convierten en condenas de diferentes colores que dibujamos de manera torpe y sin temor a ser juzgados por la Historia. La Historia… qué poco hemos aprendido de ella. Los libros de Historia se siguen llenando de iluminados, de rencor, de imposiciones que lo último que tienen en cuenta son a las personas. Miras las fotografías y sigues viendo las mismas caras de incomprensión, de apatía, de desencanto. Ahora las revoluciones se tuitean en 140 caracteres, pero seguimos depositando nuestro culo en el sofá para chutarnos largas sesiones de escapismo que eviten que pensemos que ya no decidimos. Siempre habrá alguien que quiera decidir por nosotros y, lo peor de todo, es que cedemos nuestra libertad a mediocres que no deberían ni presidir la comunidad de vecinos. Porque son insensibles, incapaces y, en ocasiones, también mentirosos patológicos.

No, Mc Fly, el futuro no es mejor. Ayer, dos diputados catalanes quisieron hablar en su lengua materna en el Congreso español y no pudieron. Ayer, 20 de octubre de 2015, 14.945 días después de que Franco se muriera enfermo de hijoputismo en su cama, dos diputados catalanes quisieron hablar en su lengua materna en el Congreso español y no les dejaron. Está prohibido. Aquellos que dicen que nos quieren mucho, que España debe estar unida, que somos la hostia de felices juntos (sobre todo cuando no protestamos) se empeñan en exterminar culturas que no forman parte de su idea monolítica de la vida. Exacto, Mc Fly, el futuro es una mierda. Es un constructo que nos hemos inventado para que la esperanza de algo mejor guíe nuestros días. Pero se trata en el fondo de una entelequia, de una trampa. Por eso, me miraré en el espejo, sabiendo que no soy George Clooney; que mi coche, no sólo no vuela sino que además me quedan 40 recibos por pagar; que mi ropa no sólo no es ajustable sino que además unos enanitos del armario me la encogen (con la complicidad del puñetero metabolismo de un cuarentón) y que me importa más bien poco si los skaters del MACBA vuelan o no. Eso sí, después de mirarme en el espejo, giraré mis ojos hacia mi chica y hacia mi hija. Y lo haré pensando que quizá sí, que quizá eso sea la felicidad, ese instante en el que pasado, presente y futuro se dan la mano, y en el que aquello que alguien había imaginado sea una nueva excusa para sonreír.

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