Gracias, Cervantes, por ese guiño eterno

margallo

Estimado amigo extranjero:

Vivo en un país extraño. Encantador en muchos aspectos pero extraño. Ya sé que te gustan sus playas y su clima. Quizá ames también su cultura y esa capacidad innata para disfrutar de la vida a través de las pequeñas cosas: una charla, una tortilla de patatas en la terraza de un bar con el sol acariciando la cara o esa constante queja acerca de todo como deporte nacional. Pero este país extraño tiene un grave problema: el excedente de Quijotes. Hay demasiadas personas que han perdido la cordura y se han embarcado en una misión. Pero no ven gigantes en lo que son molinos de viento, ni ejércitos en un rebaño de pacíficas ovejas. Ellos ven un país glorioso en lo que son cenizas de un proyecto fallido. Y ya pueden las calles llenarse de multitudes que no ven más que desiertos urbanos. No, amigo extranjero, el problema no es que mientan. Lo que realmente preocupa es que se mienten. En la promesa de una ínsula barataria que sólo existe en su imaginación, niegan realidades como salida a su incapacidad para entender el mundo.

Hay demasiados Quijotes. Sobran los hidalgos “de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Quijotes que deberían abandonar sus distopías por un reingreso en la realidad. Bienvenidos a 2015. Globalización, derechos, democracia, libertad, diversidad, multiculturalidad.

Amigo extranjero: ya no soporto a los Quijotes. Sé que en el fondo son divertidos, incluso entrañables. Pero, una vez acabada su función como alivio cómico, sólo queda la derrota. Puedes vestirlo con todo el romanticismo que quieras, puedes intentar convencerme que el personaje de Cervantes es un antihéroe atemporal y que en el fracaso también hay piezas perdidas de ese puzzle al que llamamos soñar, pero ya no soporto determinadas actitudes quijotescas. Sobre todo, porque no necesito que nadie me salve cuando no se lo he pedido. La superioridad moral, ese púlpito al que suben cada vez que hablan de según qué cosas, me asquea profundamente.

Alonso Quijano estaba loco, digámoslo claro. Si entendemos que la locura es la manifiesta incapacidad para interpretar y valorar correctamente la realidad, Alonso Quijano estaba como una cabra. Pero, más allá de que debemos estar alerta ante aquellos que se sienten promotores de una misión cuyos cimientos chirrían, lo que me llena de tristeza es la dimisión de Sancho Panza. A él también le han engañado. A él también le han prometido la puñetera ínsula barataria. Y se lo ha creído. Y ya no hace nada para que ese señor trasnochado deje de ver gigantes en su imaginación. Sancho Panza está confuso, no encuentra su lugar en este extraño país de tertulias y tortillas de patata.

Ya sólo queda esperar a que el Quijote llegue a las playas de Barcelona y asuma la mayor de sus derrotas. O mejor dicho, la mayor de sus victorias, ya que fue aquí donde empezó a recuperar su cordura. Gracias, Cervantes, por ese guiño eterno.

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