Decís cosas raras. Hacéis cosas raras

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Estimados, o no, políticos:

Cuando era pequeño, escuchaba a los políticos con una mezcla de admiración e ingenuidad, quizá porque en la admiración suele haber ciertas dosis de ingenuidad. Lo cierto es que deseaba ser adulto para poder hablar como ellos. He de decir que no siempre les entendía, pero sospechaba que decían cosas importantes. Al menos eso creía al observar la transición supuestamente democrática que a muchos nos tocó vivir. Sin embargo, crecer está unido indefectiblemente a un proceso de desmitificación. Primero son los padres quienes ya no nos parecen tan maravillosos, después son los profesores; más tarde, las diferencias con algunos de nuestros amigos se hacen evidentes. Llega también el momento en el que esa novia con la que creíamos que nos haríamos viejos ya no forma parte de ningún cuento Disney, sino que parece salido de un relato de Lovecraft. No pasa nada. Es normal. Como dice Salinger en “El guardián entre el centeno”: “la vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.”

Ahora ya soy adulto. Lo sé… no es nada del otro mundo. Un accidente del calendario, como cualquier otro. Sólo puedo echarle la culpa al tiempo. ¡Vaya cabrón! Sin embargo, después de este proceso de desmitificación, después de haberme convertido en un iconoclasta pesimista y cascarrabias, supongo que algo debe quedar para poderme levantarme cada día con cierta ilusión. Y no es la política. Siento decepcionaros. Por eso, políticos, permitidme que os diga que no creo demasiado en vosotros. Al menos como referentes morales, o como ideólogos de una nueva sociedad, o como catalizadores de nuevas formas de pensamiento. La ilusión está en otra parte. Os escucho con atención porque, al fin y al cabo, vais a acabar tomando decisiones que nos afectarán de alguna manera pero… no sé… prefiero admirar a personas que se mueven en otros campos. Y es que uno de los mayores errores que hemos tenido como sociedad es dejar la política en manos de los políticos. Me refiero a los políticos profesionales, a los que se vanaglorian de haber aguantado treinta años en la poltrona, sirviendo a su ego con raciones diarias de exposición mediática. Lo siento, pero siendo adulto es fácil advertir que decís cosas raras, que hacéis cosas raras. Es muy sencillo percibir que sois escritores de una ficción que alimentáis cada día con villanos, con tramas maniqueas y conflictos inexistentes que dotan de dramatismo el relato. Nos explicáis un cuento. Cada uno con su versión, dando vueltas a los mismos temas. A veces se parecen a Shakespeare pero, en la mayoría de las ocasiones, no pasan de ser cuentos infantiles cargados de moralina.

Por eso, políticos profesionales, os pido una cosa: no insultéis nuestra inteligencia. La sociedad anónima, la que no suele tener voz, la que cuenta con miembros que se utilizan muchas veces solamente como concursantes en reality shows o como abstracciones de supuestas tendencias ideológicas afines, también está llena de referentes. De hecho, esa sociedad debería ser vuestro principal referente. Es esa sociedad la que debería ser depositaria de la política y de la gestión pública. Por eso, cuesta entender el miedo a los referéndums, la aversión a la transparencia en los partidos o los mensajes pseudoinfantiles que emitís desde vuestra burbuja intelectual.

En fin, qué nociva es la fama. Ya lo supo ver Virgilio en la Eneida. Fijaros qué descripción hizo de ella:

“Dícese que irritada con los dioses

la tierra madre la engendró postrera,

fiera hermana de Encélado y de Ceo,

tan rápidos los pies como las alas:

Vestiglo horrendo, enorme; cada pluma

cubre, oh portento, un ojo en vela siempre

con tantas otras bocas lenguaraces

y oídos siempre alertos.

Por la noche

vuela entre cielo y tierra en las tinieblas,

zumbando y sin ceder al dulce sueño;

de día, está en los techos, en las torres,

a la mira, aterrando las ciudades.

Tanto es su empeño en la mentira infanda

como en lo que es verdad. Gozaba

entonces regando por los pueblos mil

noticias,ciertas las unas, calumniosas otras”.

Dejadme que repita los últimos versos: “gozaba entonces regando por los pueblos mil

noticias,ciertas las unas, calumniosas otras“.

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