El homo televisivus #JesúsMariñas #Asco

mariñasCab

La fama idiotiza. La ignorancia también. Y, cuando la fama y la ignorancia se unen, surge el homo televisivus. El homo televisivus pasea sus carencias por los platós para que la población adopte dos posturas: la admiración o el rechazo. El rechazo nace de la confortable sensación de no haber acabado así, en ese estado de abandono intelectual con vocación de ameba motivada. El admirador, en cambio, adscribe su vida de mierda a la sospecha de que todo lo que aparece en la televisión está escrito con las letras de la genialidad. Sería necesario que alguien le dijera que los platós de televisión no se diferencian en nada a un almacén. Si quitas las cámaras, los micrófonos, los focos y los decorados queda un espacio yermo, vacío, tendente a la fealdad. Desaparece el atractivo ante la fantasía construida para recordarnos que la belleza está fuera, a nuestro lado. Nos rodea el talento, la magia. La misma que abandonamos al aderezar los platós con homos televisivus. Son personajes dispuestos a convertirse en bufones de la corte para gozo de los homos aburridus que cambiarían su existencia por diez minutos de fama. Y esto no hace sino recordarnos que hay cosas que algunos se merecen. Como, por ejemplo, asumir una vida carente de interés por haber vendido la curiosidad, el afán de aprender, el placer de la belleza y el éxtasis de lo sublime por unos chutes diarios de homos televisivus.

La fama agilipolla hasta límites de vergüenza ajena. Cualquier mindundi especializado en cuernos de famosos, en cotillología o en las prácticas sexuales de otros homos televisivus como él, se cree con el derecho de insultar en alta definición y con sonido estereofónico. ¿Con quién has empatado, adalid de la inmundicia, para juzgar aquello que jamás estarás en condiciones de entender? ¿Quién te ha dado el privilegio de verbalizar tu ignorancia para goce y disfrute de los homos aburridus que minusvaloran su papel en la sociedad?

Me voy, me exilio. No puedo más. El asco se apodera de cada uno de los momentos en los que aquellos que pretenden ser libres son rodeados por el hedor de la ignorancia vocacional. Ya basta. Se acabó. No fue lo que nos explicaron en el colegio, cuando los profesores que amaron ser profesores, nos dijeron que en la cultura y en el aprendizaje había formas de vida más placenteras, aquellas que nos aproximan a otros bajo la invisible fuerza de la empatía. No lo soporto más. No es la ignorancia porque, en realidad, todos somos ignorantes incapaces de entender la magnificencia de la vida. Es la puta manía de mentir, de construir relatos perversos que sólo nacen con el objetivo de hacer daño. Son los prejuicios, el odio como gasolina vital. Ya basta. Me voy, me exilio de toda esta mierda. Adiós.

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