El tonto de la clase

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Estimado delegado de la clase:

Soy la voz de tu conciencia. No te preocupes. No se trata de los efectos de un consumo excesivo de cannabis. Soy, simplemente, el Pepito Grillo que todos llevamos dentro. Y aunque la conciencia sea una cabrona, es evidente que no se les presenta a algunas personas. Supongo que es una cuestión de cooperativismo y exclusividad.

Una vez hechas las presentaciones, déjame que te diga una cosa que quizá sospechabas: los compañeros no te eligieron como delegado de clase por tus cualidades (al menos las cualidades que antes se presumían adscritas a valores positivos). Lo hicieron porque eres el tonto del grupo y ellos… bueno, ellos son unos cabroncetes. Les da igual quién sea su delegado. Se la sopla el colegio, las Matemáticas o la Historia. Ellos lo que quieren es cachondeo y que las horas en el aula pasen lo más rápido posible. ¿Qué mejor que elegir como delegado al soplagaitas de turno, a quien ejemplifica mejor que nadie el fracaso del sistema? Tú eres quien nunca sabe qué responder, quien rehuye el diálogo porque le agobia pensar, quien reacciona con chulería a las broncas de los profesores. Y eso les pone mucho a tus colegas. La de risas que se echaron cuando dejaste un chicle pegado en la silla de la profesora de inglés y después se formó un largo hilo que unió su enorme culo con el asiento. O cuando llenaste el cajón de la mesa del profe con espuma de afeitar. Pero lo mejor es cuando sales a la pizarra y no tienes ni puta idea de nada. ¿Recuerdas cuando la profesora de geografía te preguntó cuál era la capital de Italia y respondiste con una “y la europea”? Pascual, el pecoso de la tercera fila, se hizo pipí en los calzoncillos de la risa. Si es que eres un crack. Un poco corto… pero un crack.

Como soy la voz de tu conciencia, te voy a pedir algo: jamás te dediques a la política. No creas, tal como están las cosas, tienes muchas posibilidades en este país de hacer carrera. ¿Nunca te has preguntado dónde van a parar los tontos de la clase? Te sorprenderías con la respuesta. Ya sé lo que estás pensando. No, no me refiero a los que sacan malas notas. Eso es secundario. Uno puede ser un desastre en los estudios y años después convertirse en un crack de algo. O, incluso, dejarse las cejas para ser registrador de la propiedad (que junto a la de proctólogo de rinocerontes es la profesión más apasionante) y después llegar a la conclusión de que “tantas cosas en la vida dependen de no se sabe qué”. Yo te hablo de otros tipos de inteligencia que deberían estar presentes en quien quiere gobernar un país. Por ejemplo, te hablo de la inteligencia social, aquella que te da dotes de líder, carisma, capacidad para empatizar, para convencer con el argumento de la palabra, para dialogar de tú a tú con los conflictos, para… Ya sé, ya sé… quizá la gente te valoraría más si hablaras con hormigas en un programa de televisión, bailases el último ritmo de moda en prime time o comentases un partido de fútbol por la radio. Lo del aspecto humano que tanto les gusta a los spin doctors que asesoran a los políticos. Pero, qué quieres que te diga, hay una diferencia importante entre que la gente se ría contigo o se ría de ti. Es la diferencia entre un payaso y alguien que da vergüenza ajena.

En fin, soy la voz de tu conciencia, estimado delegado de clase. Sólo soy eso. Una cabrona que te recuerda que la vida es aún más complicada que una campaña electoral o una presidencia del gobierno. ¿Sabes qué dijo Terenci Moix en sus memorias? Dijo algo así como que hay dos maneras de destacarse del resto del grupo: la vía de la inteligencia y la vía de la estupidez. Al final, supongo que se trata de elegir.

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