Carta a Pedro Sánchez

 

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Estimado, o no, Pedro:

Política: del latín politicus y ésta del griego antiguo πολιτικός. ¿Los romanos y los griegos ya conocían lo que era la política? Pues sí que es antigua. O sea que ¿la ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente de los estados o, dicho de otra manera, la actividad de los que gobiernan o aspiran a gobernar los asuntos que afectan a la sociedad o a un país ya existía en el siglo V a. C, ese maravilloso siglo de Pericles de la antigua Grecia? Presumo entonces que la integridad territorial de España es anterior y que los griegos se copiaron de los españoles. ¡Malotes! ¡Joroña que joroña! ¿Así que el derecho romano que se estudia en primero de Derecho está inspirado en la integridad territorial de España? ¡Jodorum con los romanos! ¡Qué cabronorum! Poco hicieron Asterix y Obelix contra esos plagiadores.

En fin… os veo un poco creciditos a los nacionalistas españoles. Convertir a España en el Sancta Santorum de todo aquello que ha hecho progresar a la Humanidad o intentar trasladar al ciudadano la idea de que la integridad territorial de España es anterior a la noche de los tiempos, suena a chiste. Por cierto, ¿sabes que a Carme Chacón le llaman la bisiesta? Porque vuelve cada cuatro años.

Lo peor de la afirmación, sin embargo, es lo de “no dialogaremos”. Si a eso le sumamos que hace acto de presencia en la misma frase la palabra “política”, no vamos bien. De la misma manera que podemos presumir de un sistema que asegura juicios justos a asesinos confesos y que les garantiza una defensa, deberíamos poder presumir de políticos que dialogan. Es como si yo dijera que soy un padre y un compañero dialogante pero con mi hija o mi pareja no hablo ni de esto, ni de aquello tampoco, ni de eso mucho menos, porque mi casa es un gobierno de un tecnócrata que soy yo. Tampoco te digo que todo deba decidirse en asamblea. Al final, puedes tener un empate técnico entre hacer una pizza familiar o sopa para todos y debas llamar a Ferran Adrià para esferificarlo todo de manera democrática y asamblearia.

Un político debe estar dispuesto a dialogar de todo, absolutamente de todo. También de la integridad territorial porque en los territorios viven personas. Yo no te pido que dialogues con el Tibidabo, el Pedraforca o el Llobregat (aunque si lo haces, grábalo en vídeo, please). Te pido que dialogues con las personas que tienen un día a día en un territorio, en este caso el catalán. Porque más allá de la integridad territorial, están las personas y los deseos de organizarse de una determinada manera. Más allá de la integridad territorial está un modelo de estado, una administración, una distribución de las cargas impositivas, un modelo educativo y, en definitiva, un modelo de sociedad. Y sobre eso se debe poder dialogar.

¿Sabes sobre lo único que no se puede dialogar? Sobre la maldad. Sobre eso no se puede dialogar. La maldad no cabe, no tiene sitio en la sociedad. Y maldad es poner en el mismo saco el terrorismo y las aspiraciones soberanistas en Catalunya. Eso es profundamente malvado. Y sobre eso, no hay diálogo posible.

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