Carta a Fernando Savater

savater

Estimado, o no, Fernando:

Te escribo emocionado por tu contribución a minusvalorar la realidad catalana con una propuesta realmente imaginativa. Ahora, afortunadamente, no somos nazis, etarras o coreanos. Ahora somos un “módulo cultural”. ¡Bravo! Ya sé lo que decir cuando me pregunten de dónde soy: soy del módulo cultural catalán. España, entonces, debe ser un cúmulo de módulos. ¡¡¡Como un armario del IKEA!!! No me extraña que sobren piezas. Pues nada, Europa debe ser un enorme IKEA en el que la gente se pierde por sus pasillos en busca de las cajas para pagar. Eso sí, conviene no hacerse el sueco a la hora de recibir subvenciones.

Dices que la “fragmentación no aumenta, sino que restringe la libertad de cada uno”. Traduzco, unidos estamos mejor. Da igual si la libertad que queremos ejercer muchos significa deshacer esa unión porque lo importante es que no todas las libertades tienen el mismo valor. La libertad de estar unidos vale más que la libertad de estar separados. Es eso, ¿no? Para qué ir con rodeos.

Afirmas también que “al repartir la ciudadanía por módulos culturales transformados en políticos, se priva a los individuos de su disponibilidad de administrar sus identidades personales como deseen dentro de un marco común que las trasciende y a la vez las acoge democráticamente”. Es decir, como yo me siento más europeo que español (soy libre para sentirme así, espero) no puedo administrar mi identidad personal en el marco común que la trasciende (Europa) porque el módulo cultural transformado en político (España) me priva de esta posibilidad. Y eso que Europa me acoge democráticamente. Es eso. ¿no? Pues nada, no sé de qué sirve que España tenga estructuras de estado si priva a los individuos de su disponibilidad de administrar sus identidades personales como deseen.

En fin, no hay nada más fácil de cuestionar que la demagogia con forma de filosofía. Cuatro citas de aquí y allá, cuatro conceptos inventados, cuatro neologismos y ya tienes un artículo para goce y disfrute del nacionalismo supremacista español. Porque ése es el problema: el histórico supremacismo español (o quizá debería decir castellano) que tan mal dialoga con la diferencia.

Globalización. Ésa es la clave. Los espacios culturales no son módulos estanco como pareces insinuar. Y, mucho menos, módulos estanco que se transforman por arte de magia (o de Artur Mas) en módulos políticos. Los espacios culturales están formados en el siglo XXI por una infinidad de capas superpuestas unas encima de las otras. El conflicto surge cuando una de ellas pretende ser la que siempre se sitúa encima de las otras. Sobre todo cuando dota de opacidad todo su espacio, convirtiendo en invisible las demás. Eso sucedió, por ejemplo, cuando el Instituto Cervantes de Utrecht canceló en septiembre del 2014 la presentación de la novela “Victus” de Albert Sánchez Piñol por causas claramente políticas o cuando el exministro Wert pronunció su famosa frase “nosotros lo que queremos es españolizar a los niños catalanes”. ¿Y si a mí, como padre, no me da la gana de que pongas tus manazas sobre el sistema educativo catalán porque quiero (igual que la mayoría de ciudadanos catalanes, como afirman los estudios llevados a cabo y los resultados electorales) que nuestros hijos se eduquen en catalán? ¿Dónde están entonces tus maravillosos módulos culturales transformados en políticos? ¿Por qué mi libertad vale menos que la tuya sobre los asuntos que me tocan más directamente?

El mundo es tan complejo que a los que os pasáis el día con la orejas pegadas a un libro de Sócrates se os ha escapado de las manos. Para empezar, ¿conoces la realidad catalana? ¿Cuántos días pasas cada año en Catalunya para erigirte como conocedor de este “módulo cultural”? Catalunya, como otras comunidades, es un espacio cultural extraordinariamente diverso. Sólo tienes que mirar la lista de alumnos de cualquier aula de Primaria o de la ESO. Y lo que te decía antes: la cultura catalana del siglo XXI es un conglomerado de capas. ¿Qué es lo auténticamente catalán? Cada vez es más difícil saberlo. Como difícil es saber lo que es auténticamente español, o francés, o italiano. Si me permites la broma, la sardana parece ser de origen griego, los panellets de origen árabe y hasta tenemos una virgen negra. Lo que muchos reclamamos es la capacidad para decidir sobre nuestros asuntos sin interferencias de un nacionalismo español castrador y excluyente (hoy no hablaremos de economía y eso que los independentistas también encontramos muchos argumentos). Yo no me quiero independizar de los españoles. Me quiero independizar de un estado español que considero fallido. Yo no veo la cultura española del siglo XXI como la suma de módulos culturales estanco ya que las guetificaciones culturales son el primer paso al odio intercultural. Y yo, como muchos, construyo mi identidad cultural basándome en aquello que me provoca placer intelectual, gastronómico, musical, cinematográfico o deportivo, venga de donde venga. Y si quiero saber qué siente un cuarentón, prefiero leer “Tokyo blues” del japonés Haruki Murakami que las soflamas machistas de Antonio Burgos, por muy españolazo que sea. Y si quiero pasármelo bien, prefiero ir al concierto del español Quique González que del canadiense Justin Bieber. Siglo XXI, Fernando. Pero es que, además, quiero tener detrás un estado que proteja y promueva la literatura escrita en catalán, el cine rodado en catalán o el teatro en catalán. Y también quiero que dé soporte a los autores catalanes que desarrollan su obra en castellano, en inglés o en árabe. Y quiero tener cerca a las personas que administran mis impuestos. Muy cerca. Y me da igual dónde hayan nacido siempre que su política no contenga vetos (échale un vistazo a las sentencias del Constitucional).

En resumen, Fernando, dejadnos en paz de una vez. Estaremos lo unidos o lo alejados que decidamos porque decidir se parece bastante a la libertad.

Em pots seguir al Twitter @blogsocietat i també al Facebook