Carta a Federico Jiménez Losantos

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Estimado, o no, Federico:

Uno de los principales retos del siglo XXI es la convivencia. Ya sé que el cambio climático, la explotación indiscriminada de recursos naturales y las desigualdades económicas no se quedan atrás. Sin embargo, cuando la globalización ya es un hecho y los extraordinarios movimientos de personas entre países jamás habían sido tan intensos como ahora, o aprendemos a convivir con aquello que presumimos diferente a nosotros, o estamos abocados al fracaso.

La convivencia está marcada por un frágil equilibrio entre expectativas, necesidades, deseos y frustraciones. Y sólo es necesario un pequeño gesto para que el sistema se colapse. No faltan los profetas del caos que siempre utilizan como excusa al otro, que indefectiblemente desplazan la culpa de los problemas sociales a otras personas o grupos. En este territorio de indeseables encontraremos a los racistas, a los xenófobos, a los homófobos, a los machistas, a los fascistas… Nunca, jamás, en ningún caso, estas personas favorecen la convivencia. Ni durante un nanosegundo les preocupa la concordia o empatizan con más seres humanos que aquellos que forman parte de su endeble arquitectura mental, de ese extraño constructo habitado por imágenes clonadas de su ego. Lo que otorga importancia científica a tu caso es la conjunción astral que ha permitido la existencia de un individuo que aúna en su ser todos aquellos defectos que impiden una convivencia normal y que, además, cuenta con el privilegio de un micrófono.

El pequeño y simple ejercicio de escribir en Google “Jiménez Losantos insulta” da, en 0,39 segundos, 37.800 entradas. Si pruebas con “Jiménez Losantos condenado” las entradas ascienden a 66.200 resultados. Ya sé que el ejercicio no es nada científico pero, como brújula, tampoco está mal.

¿Se puede saber en qué momento de tu existencia decidiste que dedicarías el resto de tu proyecto vital a menospreciar, insultar o injuriar a otras personas? ¿Quién te hizo daño, Federico? ¿Quién te trató mal, quién rayó tu coche, quién te quitó a la novia, quién te provocó ese síndrome de estrés postraumático que ha hecho de ti un yonqui del odio? Uno puede ser antipático, borde, odioso… pero investigar un poco sobre tu persona es un descenso a los infiernos.

En mayo de 1981 y en Esplugues de Llobregat, dos individuos pertenecientes a Terra Lliure (terroristas, si les quieres llamar así) te ataron, te amordazaron y te dispararon en la pierna. 1981. De ese día hacen casi 35 años. Mucho tiempo, ¿no?

Yo no ardo en deseos de compartir el mismo modelo de sociedad que tú. Perdón, yo no ardo en deseos de compartir la misma sociedad que tú. Porque, más allá de nuestras imperfecciones, la premisa fundamental ha de ser la construcción de convivencias. No creo que la aportación de todas aquellas civilizaciones que nos han dado la escritura, la palabra, la política, la economía, las matemáticas o la democracia desemboquen en el odio o en el insulto. Estoy convencido de que cuando Sócrates daba largos paseos por el Ágora no llegó jamás a la conclusión de que la base fundamental del pensamiento era el odio. Y también estoy seguro de que los pensadores de la Ilustración no formularon jamás la premisa de que el insulto era la mayor fuerza social. Justo al revés, era el razonamiento el que nos permitía combatir la ignorancia o la superstición. Bueno, al menos nos queda el consuelo de saber que los que rechazan esa maravillosa herencia son minoría. Tal como dijo Steven Coallier: “si somos la única vida inteligente en el universo, al menos hay un número finito de idiotas”.

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