Y Marhuenda piensa que somos idiotas

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La política se desarrolla a dos niveles. Hay uno que, si bien no es del todo inaccesible, sí que suele resultar bastante ajeno a los ciudadanos, entre los cuales obviamente me incluyo. Es la vida en los pasillos del parlamento o en los despachos. Son los pactos, las votaciones, los proyectos de ley, las largas sesiones en el hemiciclo llenas de momentos prescindibles. Y no hablemos del Senado, un lugar que jamás se ha sabido realmente para qué sirve si no es para funcionar como cementerio de cadáveres políticos. Después hay otro nivel, más superficial, pero no menos importante. Es el nivel en el que se generan imágenes de marca, posicionamientos. Es el territorio de los brandings políticos, de la comunicación, de aquello que cada político y cada partido quiere hacer llegar al ciudadano. Y es en ese espacio donde entran los relatos.

Todos necesitamos relatos. Todos precisamos que nos expliquen historias. Nos ayudan a ordenar el mundo en un intento de minimizar el caos. Las historias tienen personajes, algunos protagonistas y otros secundarios. Las historias se sitúan en un marco físico y temporal, muestran conflictos, generan esperanzas, permiten crear identificaciones emocionales con otras vidas, contribuyen a la formación de nuestra identidad personal y, en definitiva, son una herramienta para entender el mundo. Por eso, cuando nos situemos delante de la pantalla del televisor, cuando escuchemos determinadas tertulias o cuando seamos atacados por portadas sensacionalistas, es más que aconsejable circunscribir esos momentos a las historias que sustentan.

El problema se genera cuando el narrador piensa que somos idiotas, cuando se sube a una supuesta tarima de superioridad moral porque él es muy listo y los demás somos poco menos que estúpidos dispuestos a ingerir todo tipo de historias. Marhuenda es uno de esos narradores. Desde hace años contribuye, con su peculiar manera de hacer periodismo y de rendir pleitesía a una ideología, a construir un relato que es fácilmente resumible: la derecha es genial y la izquierda, sumada a los independentistas, es un desastre. A eso se suma la conclusión a la que parece haber llegado: los ciudadanos somos profundamente imbéciles.

Si no es así, resulta imposible entender la portada de La Razón de ayer. La noticia era que se había hecho una redada masiva contra políticos del Partido Popular, una más, una gota más en un vaso que hace tiempo que se desbordó. Pero para el inefable Marhuenda, no. La noticia es que el PP actuó muy rápido expulsando a los detenidos. ¡Bravo, Paco! ¡Qué bien reaccionan en el PP! ¡Qué eficiencia! Durante años no parecieron enterarse ni de Gürtel, ni de los sobresueldos, ni de la estafa de Bankia, ni de los negocios de Jaume Matas, ni de las tarjetas black, ni de los chanchullos de todos sus tesoreros. Pero, eso sí, cuando uno de sus miembros es detenido por la policía, lo expulsan en horas. En fin, Marhuenda, lo único bueno que se puede decir de ti es que serás estudiado en las facultades de periodismo. En el capítulo de lo que no se debe hacer, concretamente.

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