Carta al niño desconocido

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Estimado niño desconocido:

Desconozco qué te habrán explicado tus padres pero creo que deberías saber qué simboliza la bandera que sostienes en tus manos. Se trata de la bandera que ondeó en esa España que, tras un golpe de estado a una democracia legalmente establecida por las urnas, vió cómo el fascismo se hizo con el poder desde 1939 hasta 1975. Ese régimen, que nació después de una guerra de tres años y que dejó aproximadamente 500.000 muertos, se llamó franquismo. El franquismo fue una larga dictadura, personalizada en la figura del general Francisco Franco, quien acaparó todos los poderes del Estado. Además, una de las principales características de esos casi cuarenta años de dictadura fue la represión que las autoridades franquistas ejercieron desde un primer momento y que continuó muchos años después de haber acabado la guerra. Esto explica el exilio de centenares de miles de personas a países como Francia o Méjico. Hay historiadores que hablan de 150.000 muertos por la represión franquista. Fueron años de miedo, de violencia institucionalizada, de venganza y de control ideológico. No sé si te han explicado así la guerra civil y el franquismo pero cualquier intento de no verlo de esta manera es, simplemente, negar la evidencia. Por lo tanto, estimado niño, la bandera que sostienes simboliza el terror, la violencia, la muerte y una España de la que deberíamos desprendernos todos.

Un poeta austríaco que se llamaba Rainer Maria Rilke dijo algo que me ha venido a la mente cuando he visto tu foto: “la única patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños. La verdadera patria del hombre es la infancia.” Estoy de acuerdo. Es la patria que la mayoría de nosotros recordamos con cierto afecto. Es un espacio sin más fronteras mentales que la inocencia y la ingenuidad. Espacio que los adultos conquistamos con grandes palabras y discursos paternalistas, cuando no con mentiras y falacias que suenan a adoctrinamiento.

Yo también fui niño, como tú. Y era igual de ingenuo que tú. Años después inicié un viaje hacia no sé muy bien dónde. Pero de lo único que estoy seguro es de todo aquello que dejé en el camino. A veces de manera voluntaria y, en otras ocasiones, movido por el puñetero conformismo que te envuelve cuando creces. Dejé de admirar a algunas personas, dejé de creer en aquello que parecía inamovible… pero, al mismo tiempo, empecé a situar cada cosa en su sitio, como cuando ordenas la habitación después de haber estado sometida al caos de los juegos (espero que te portes bien y ordenes tu habitación). Por eso, debes saber que quizá llegue un día en el que dejes de admirar a tus padres.

Haz lo que quieras con esa bandera. Es tu libertad. Seguramente en otros países estaría prohibida pero… ya sabes… las cosas no son siempre como nos gustaría que fuesen, aunque no por ello debemos de cesar en la lucha para que cambien. Yo preferiría que creyeras en Bob Esponja, o en Luke Skywalker, o en cualquier futbolista o cantante. Preferiría verte dando patadas a un balón o subiendo de nivel en un videojuego o, mejor aún, leyendo las aventuras de Harry Potter en la soledad de tu habitación.

El águila de tu bandera ya no debería volar. Tú eres uno, grande y libre. Uno porque eres irrepetible, grande porque eres un niño y libre… bueno, a veces la libertad de pensamiento llega unos años más tarde. Ten paciencia y descubrirás, tarde o temprano, que tu única patria es la infancia.

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