No, García Albiol. No me hables de convivencia

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Estimado, o no, Xavier García Albiol:

Aunque me tienes bloqueado en Twitter (por cierto, es un honor) déjame que te dirija unas palabras en este mundo de la blogosfera. En primer lugar, quiero recomendarte el magnífico libro de Jesús Barcos, “La chistera azul”. El autor realiza un estudio de cómo la derecha pervierte el lenguaje (en mi opinión, una segunda parte analizando las técnicas de la izquierda para confundir al ciudadano, también sería divertida). Fuerza, reformismo, austeridad, moderación, valentía, son eufemismos que actúan como distracción para recortar derechos sociales y/o laborales. Pero de todas las palabras que se manejan en estos tiempos de relativismo moral, la que más me indigna en cuanto a su uso es CONVIVENCIA. Tal como asegura el diccionario de la RAE, convivencia es la “acción de convivir” y convivir es “vivir en compañía de otro u otros”. El problema, tal como muy bien señala en Twitter Sergi Castañé, es que sólo un falangista puede relacionar convivencia con la unidad nacional de España (yo lo ampliaría a ciertos sectores de la supuesta izquierda). Una cosa es la unidad nacional y otra cosa es la convivencia. Son dos conceptos muy diferentes.

En pleno siglo XXI y en esta Europa sin fronteras (excepto para los inmigrantes pobres, claro está), los diferentes colores del mapa no suponen ningún obstáculo para la convivencia porque todo depende de los marcos mentales que uno se quiera imponer. Créeme, si te subes al metro de Barcelona, convivirás durante unos minutos con franceses, británicos, marroquíes, senegaleses, bolivianos, argentinos… y murcianos, andaluces, gallegos y otros catalanes. Si vives en determinados barrios, tendrás a representantes de una infinidad de estados comprando el pan en el supermercado o esperando en la sala de cualquier ambulatorio. Y convivimos. Y lo intentamos hacer muy bien. Compartiendo, mezclándonos, aprendiendo. Y los fines de semana comemos en un restaurante chino, o mejicano, o argentino. Y después hacemos un café en el bar de la esquina que regenta un ciudadano chino o en el Starbucks que está al lado de una tienda que vende ropa de marca italiana. Y convivimos. Y lo intentamos hacer muy bien (unos mejor que otros, también es cierto). Por eso, si Catalunya es capaz de constituirse como estado, estoy convencido de que los ciudadanos tenderemos puentes para que podamos seguir viajando a Extremadura y comamos el magnífico jamón que se comercializa allí o para que un estudiante extremeño de arquitectura pueda visitar Barcelona con la idea de admirar la obra de Gaudí. Son las fronteras mentales las que dificultan la convivencia. Son ellas las que te hacen sentir superior a alguien, las que crean miedo a la diferencia o las que pretenden imponer ideas cuando deberían haber acuerdos y paz social.

La convivencia se basa en el respeto mutuo. Se basa, por ejemplo, en respetar tendencias sexuales, ideas políticas que se alejen del establisment pero que no se sitúan fuera de la democracia, creencias religiosas… Se basa en legislar a favor de colectivos en situación de exclusión social, en promover la dación en pago para no poner de patitas en la calle a personas atacadas por la crisis o en atender las demandas de millones de catalanes respecto a la necesidad de un referéndum de autodeterminación. Y se basa, por supuesto, en no robar dinero público. Te lo repito: no robar dinero público. Porque la convivencia, Xavier, no tiene nada que ver con “te callas y aguantas”. Eso no es convivencia. Tiene otro nombre. Algo saben de eso los fundadores de tu partido.

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