Y el mundo Disney desapareció

Blancanieves

Y creció. Y afirmó, sin decirlo, que el mundo Disney era un fracaso. Y su mirada no mintió cuando vio el disfraz de Blancanieves en el armario. La falda amarilla, el azul del cielo en el pecho, el lazo rojo y el universo sentimental de cartón piedra. Una infancia que pide permiso para soñar, un sueño que también tiene derecho a la caducidad.

Su hada tiene los ojos cansados de tantas horas de ordenador pero se la come a besos cuando sale del cole. La magia flota como polvo de hada a las cuatro y media. Un parque, la merienda que espera en papel de aluminio, los amigos, las risas… y todo sin canciones que suenan por la radio, ni espectáculos sobre hielo. Porque su hada es quien la llevó nueve meses en una carroza mágica y que a la hora pactada le dio un golpecito con su varita para desearle toda una vida de descubrimientos y sorpresas que abren ojos de par en par. Y su príncipe no es una rana con ganas de transformarse porque a su edad ya hay pocas opciones de cambios radicales. Quizá no dé besos que rompan hechizos. Quizá no represente tradiciones anacrónicas o adoctrinamientos sexistas con forma de cuento infantil. Quizá no sea guapo como Florian, Eric o Naveen… pero también se la come a besos cuando llega con su mágico dolor de cabeza a casa, y también le cambió pañales llenos de villanos con un destino fatal y, por supuesto, regalaría palacios a cambio de su felicidad.

Y creció. Sospechó que en la realidad, Elsa se hubiese muerto de hipotermia en un palacio de hielo. Pensó también que la bella durmiente fue profundamente estúpida por haberse pinchado el dedo. Y abandonó la esperanza de encontrarse a un cangrejo tan simpático como Sebastián o tan anfetamínico como el genio de Aladdin.

Porque crecer también es mágico, sin necesidad de historias cursis que perpetúen roles caducos o merchandising fabricado en el tercer mundo. Crecer es sentir pasión por relatos que sigan alimentando el ansia por saber quienes somos. Y quizá a su lado no haya hadas, príncipes o animales que hablan pero lo mejor ha sido verle feliz por saberse única, irrepetible, diferente… mágica.

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