El espeluznante caso de los títeres

titiriteros

Estimada, o no, justicia española:

Ya sé que colocar juntas las palabras “justicia” y “española” puede resultar tan arriesgado como unir las palabras “libertad” y “expresión” pero no he encontrado otra manera de definirte, en tanto concepto filosófico y moral unido a una plurinacionalidad teórica que mancilla la idea de unidad. Uf… qué párrafo tan denso… Me tomo un Gelocatil y vuelvo.

En fin, me pongo en contacto contigo para congratularme por el hecho de que los titiriteros puedan por fin dormir en casa. Lo que hicieron fue seguramente una manifestación de cortedad intelectual ya que la provocación y la agitación de ideas suele nacer más de la inteligencia que de la zafiedad. Por eso, si presentan sus espectáculos como infantiles, deben buscar fórmulas más educativas. Todos crecimos con el concepto “payaso listo versus payaso tonto” y así supimos que la vida no te ofrecía muchas más posibilidades. Eso sí, siempre puedes encontrarte a algún tertuliano que rompa los límites… y no me refiero a versiones mejoradas del payaso listo. Ya me entiendes. Por eso, como castigo, propongo que los titiriteros se pasen un mes vigilando la casa de bolas de cualquier parque infantil y así no tengan la tentación de dar munición a los de siempre.

Pero en lo que sí os pido firmeza y mano dura es con los títeres. Valientes cabrones los títeres. Si es que se venía venir, de esa cabeza tan grande y de madera no pueden salir grandes ideas. No sé si has visto algunas manifestaciones el 12 de octubre. Por eso pido cadena perpetua para los títeres y una orden de alejamiento de cualquier tipo de manifestación ideológica. Si es que ahora veo un muñeco y me acojono. El otro día estuve en el Toys’r’Us y lo pasé fatal. Noté cómo me miraban todos los muñecos así, como diciendo: te voy a montar una kale borroka que ríete de Toy Story. Y es que tú le das un muñeco a un niño y empieza a hablar solo, como Rosa Díez en uno de esos mítings tan multitudinarios de UPyD. A los niños hay que educarles con películas de animales que hablan. Así, después, cuando se hacen mayores, no se ven sorprendidos por las consignas que se gritan en las manis de los Franco followers o por los tweets de grandes defensores del castellano. Porque que este gran patriota escriba “os” con “h” y “bizco” con “v” debe ser porque quiere que su país cuente con grandes talentos que defienden la cultura.

santiago

Los títeres deben estar en la cárcel. Y también deberíamos hacer extensiva esta premisa judicial a los muñecos de Bob Esponja, Patricio, Luke Skywalker, los pingüinos de Madagascar y a Donald Trump (es un muñeco, ¿no?). Y a las patatas envueltas en calcetines con botones a modo de ojos, y a las caras dibujadas en dedos, y a las sombras chinescas, y al teatro, y al cine, y a la pintura, y a la literatura… En definitiva, a cualquier forma de representación de la realidad que nos permita entender el mundo en el que vivimos. Porque, si ponemos un poco de atención en observar la realidad intentando obtener alguna verdad que no sea surrealista, al final podemos llegar a la conclusión de que tenemos un ministro de ficciones al que un ángel de la guarda le aparca el coche. Acto seguido podemos empezar a cuestionarnos por qué es ministro y no está haciendo el casting de “Alguien voló sobre el nido del cuco 2”. Podemos, también, hacer una representación con títeres en la que se vea a un torero moviendo un puto trapo rojo ante una vaquilla mientras sostiene a su hijo en brazos. Y pensar, a continuación, que hay tradiciones simplemente detestables. Podemos, incluso, preparar una peligrosa y adoctrinadora obra de teatro en la que se vea una rueda de prensa de todo un presidente del gobierno cuya presencia sea sustituida por un televisor de plasma. Y, si hacemos espectáculos, películas, pinturas, novelas, artículos de opinión o penosos blogs como éste que estás leyendo, al final existe el riesgo de pensar que no hay mayor estafa que vivir en una sociedad manifiestamente incapaz para asumir que algo estamos haciendo mal como, por ejemplo, diferenciar la ficción de la realidad. En resumen, que un escritor como Stephen King dijese que “la ficción es la verdad dentro de la mentira” debería hacernos reflexionar. Y sí, Donald Trump es un muñeco hecho de látex y pelo de gato.

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