El cuento de las letras

 

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Estimado, o no, Luis:

¿Puedo explicarte un cuento infantil? ¡Sí! ¡Porfi! Venga, que será sólo un momento.

Había una vez un pequeño país en el que vivían las letras. Pero no se llevaban muy bien. La A era altiva, la B destacaba por ser una bocazas, la I hacía de la intolerancia una forma de vida y la Z era una zoqueta, nunca había querido estudiar y eso provocaba que a menudo hiciese el ridículo.

Las letras no vivían en armonía, como suele pasar en muchos cuentos infantiles. Por ejemplo, desconocían qué era trabajar en equipo. La B se peleaba con la V, la H aparecía cuando le daba la gana, la Y se llevaba fatal con la LL y las vocales no sabían cuándo debían ponerse el sombrero de la tilde.

Pero un día llegó un dios bondadoso que les dijo que se debían poner de acuerdo porque sin ellas las personas no podían hablar. Sus peleas, su altanería y su mal entendido orgullo dificultaban lo más bello que podían hacer los seres humanos, como era comunicarse.

Y de un chispazo celestial, aunque también con muchas dosis de paciencia, este dios permitió que naciera la ortografía. Al principio, las letras no querían someterse a sus reglas. Pensaban que eran demasiado estrictas y que podían hacer lo que les diera la gana, que para eso eran libres y para eso habían nacido letras. “Si quisiésemos sumar seríamos números”, protestaban algunas. Poco a poco, sin embargo, empezaron a darse cuenta de que “haya” podía ser un verbo o un sustantivo, de que “halla” procedía del verbo hallar, que “aya” era una mujer que se encargaba del cuidado de los niños y que “haiga” era un monstruo que debía desaparecer del país. Las letras se encontraron entonces para formar palabras que todo el mundo entendía. Y algunas de estas palabras eran realmente preciosas: respeto, empatía, sensibilidad, ternura, cariño… Con ellas, los poetas se inventaron sueños, los amantes se dijeron “te amo” sin que la H tuviese la tentación de aparecer y los niños aprendieron a leer. Las letras formaron palabras, las palabras construyeron frases, las frases expresaron ideas y las ideas movieron el mundo.

Por eso, estimado, o no, Luis, el mayor amor que uno puede tener por el castellano es respetarlo. Pero este amor, a diferencia de otros, no es monógamo. Uno puede pensar, hablar, leer o soñar en otras lenguas. Porque en ellas se unen las letras para que la Humanidad pueda seguir comunicándose. Y colorín, colorado, este cuento… espero que haya acabado.

Àlex

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