Silbaremos, Tomás

roncero

Estimado, o no, Tomás:

Silbaremos. Una y mil veces. Silbaremos mucho. Y protestaremos. Gritaremos cuando no se nos tenga en cuenta, cuando se dialogue con nosotros a golpe de Tribunal Constitucional y cuando se nos ningunee, día sí y día también. E intentaremos cambiar las cosas. Por supuesto. Nada más faltaría. Y nos haremos oír silbando cuando no podemos votar para tener la posibilidad legal de contarnos. Y no pediremos permiso, ni a ti, ni a nadie. Porque, al parecer, los silbidos sólo ofenden a unos. Los silbidos, y las banderas, y los títeres, y los poemas.

Silbaremos, Tomás. No te quepa la menor duda. Silbaremos porque somos libres, aunque aún algunos no os hayáis enterado. Silbaremos lo que haga falta. Para que los “barrigas contentas” se den cuenta de que los privilegios no se deberían transmitir por vía espermática y de que los méritos deben estar vinculados a los esfuerzos y no a herencias familiares. Silbaremos al poder. Las veces que haga falta. Porque el poder no siempre es justo. Y da igual de dónde emane la fuente del poder porque hay poderes que hemos elegido y silbando quizá se den cuenta de que algo falla. Y hay otros poderes que nadie ha elegido y que ya va siendo hora de que se cuestionen.

Juntaremos los labios y silbaremos. Todos a una. Silbaremos a la injusticia, a la incapacidad política, al silencio de unos y el autoritarismo de otros. Por supuesto que silbaremos. Los silbidos son sólo sonidos estridentes, quizás, insoportables, seguramente; pero son sólo sonidos. No son sentencias que anulan las voluntades de pueblos, ni reformas laborales agresivas, ni leyes que dificultan la inmersión lingüística, ni presupuestos que no se ejecutan jamás, ni infraestructuras que no llegan, ni tarjetas black, ni sobresueldos, ni tramas urbanísticas. Te hablo, Tomás, de la certeza de que nos están robando, delante de nuestras puñeteras narices, y de que la principal preocupación es que se silbe un himno, una bandera o a una persona que ninguno de nosotros hemos elegido. Pero, al parecer, los silbidos ofenden. Lo demás, no. Nos conformamos con pegar nuestro hermoso culo al sofá y ver cómo la vida desfila ante la pantalla, inyectándonos en el cerebro a tertulianos gritones o a forofos futbolísticos que se sienten con el derecho a opinar de lo que jamás estarán en condiciones de comprender. Y, mientras, siguen robando.

Silbaremos, Tomás. Las veces que haga falta. Porque mientras silbamos cabe la democracia, mientras silbamos, la revolución se cuece lentamente, con calma, pacíficamente y con inteligencia. Silbaremos, Tomás. Por supuesto. Y quizá los silbidos no cambien nada. Pero, silbando, alguien tendrá que taparse los oídos si se siente ofendido. Y, sólo por eso, vale la pena silbar.

Silbaremos, Tomás. Porque silbar no es delito, ni llevar estelades, ni hacer hablar a títeres, ni leer poemas, ni escucharte a ti (bueno… déjame que piense esto último).

Àlex

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