En un lugar de Hollywood, de cuyo nombre no quiero acordarme

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En esa película veremos la vida de una típica, o no, familia americana. Paula será la protagonista indiscutible. Inteligente, bella, calculadora y superprofesional. Será una abogada de éxito con un importante caso entre manos.

James, su marido, se pasará la película preparando pasteles en casa. Después de haber dedicado toda su vida al cuidado de los hijos y haber aceptado el hecho de que ya son mayores y no precisan tantos cuidados, la guionista habrá decidido que James cocine pasteles de todo tipo: de manzana, de arándanos, de chocolate… Cuando saque sus maravillosas obras de repostería del horno, mirará al infinito con cara de dulce resignación. Entonces se sentará en el sofá y romperá a llorar. Seguramente James hubiese querido otra vida pero en la historia de esta película tendrá una misión: ser un incordio para la protagonista. En las charlas con sus amigos en la peluquería insinuará que hace meses que el sexo es prácticamente inexistente a causa de la ajetreada vida de su mujer. Después, en casa, arropado por un cíclico ataque de histeria con lágrimas, mocos y aspavientos de culebrón, echará en cara a Paula que apenas se le ve en casa. La guionista arropará la versión del hombre (en un breve instante de compasión) con un flashback en blanco y negro del partido de béisbol de la hija pequeña, al que Paula no acudió porque tenía que mover la trama principal hacia delante, que para eso es la protagonista y el espectador se identifica emocionalmente con ella. James será un auténtico tocapelotas. Su única función será molestar y provocar que deseemos que se intoxique con uno de sus puñeteros pasteles.

Nos falta por conocer al hijo mayor. Se llamará Bill y tendrá un problema: será feo. Bueno… no será una fealdad tipo John Merrick en el universo cinematográfico de David Lynch. Será una fealdad controlada con precisión por el departamento de caracterización. Quizá las gafas que lleve sean anticuadas y demasiado grandes, tendrá granos que se podrían disimular con maquillaje y su peinado requerirá una actualización al siglo XXI. Será simpático e inteligente, eso sí. Dios aprieta pero no ahoga o, como dicen los guionistas, salva al gato. En todo caso, Bill estará enamorado en secreto de Julia, la chica más popular del instituto. Ella sí que será estupenda a ojos del espectador. Sin embargo, a la audiencia este personaje le planteará el problema de no poder gritar: “¡imbécil! ¡Está enamorado de ti y no te enteras!” Y es que Julia estará coladita por el quaterback del equipo de fútbol americano. Un quaterback extremadamente culto que se ve obligado a jugar a fútbol cuando lo que él querría es pasarse el día con la nariz pegada en un libro de Schopenhauer.

Bill tendrá una amiga lesbiana, llamada Clara, a la que confiará sus penas sentimentales. La guionista habrá puesto un énfasis especial en dejar claro que es lesbiana para que el espectador piense que no puede haber atracción sexual entre ellos. La amiga lesbiana jugará el rol de alivio cómico en la película. “Para eso están los estereotipos”, pensará la guionista. Será divertida, espontánea y llevará las situaciones a un cierto nivel de locura.

Pero llegará el baile de fin de curso y tendrá lugar la espectacular transformación física y mental de Bill. Ya no llevará gafas, no habrá ningún rastro de acné en su piel y su peinado estará perfectamente modelado por un litro de gomina. Lucirá un precioso traje y estará iluminado por unos focos en contra que le harán resplandecer. Sin embargo, parecerá triste, ya que su madre no habrá podido verle a causa de su profesión. Se habrá tenido que conformar con un par de besos de su padre, que llorará en el porche cuando la amiga lesbiana de Bill le venga a buscar en coche para ir al baile. Allí, Julia se quedará deslumbrada por la belleza de Bill y hablarán sobre banalidades mientras un grupo de jóvenes vestidos de músicos de orquesta de verano interpretará covers de One Direction. Por fin, se limpiarán las encías mútuamente mientras Clara los contempla a distancia y hace su último chiste.

Mientras, su madre, estará en pleno juicio. Después de haber atravesado un millón de dificultades, de haberse comido diez pasteles de su marido y haber soportado otras tantas escenas de histeria, estará a punto de ganar el caso. Evidentemente, lo ganará. Se irá a celebrarlo con sus amigas a un bar donde habrá un televisor encendido con un partido de béisbol. Se emborrachará y, al volver a casa, descubrirá que James le espera con las maletas hechas. Tendrán una discusión. Él se irá de casa y lo último que oiremos es la alarma del horno. Habrá acabado la cocción del último pastel de manzana.

Àlex

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