La maldad, Félix. La maldad #FélixDeAzúa

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La maldad. Esa maldad que todo lo inunda y que convierte la convivencia en una ciénaga putrefacta. La maldad. Es esa maldad que insulta a nuestros hijos, a todos nuestros hijos, que educados en un sistema que cuenta con más de 62.000 profesionales en educación primaria y 43.000 en educación secundaria, son etiquetados como máquinas de odio. Como si todos los profesores se hubiesen puesto de acuerdo para adoctrinar en favor de una idea, como si esos profesionales que trabajan diariamente en las aulas formaran parte de una conspiración orquestada por el independentismo. ¿Es eso lo que quieres que crea tu público? ¿Es ése el aplauso que un catalán como tú busca en la capital del reino? ¿Es ésa la mentira, la incalificable infamia, sobre la que sustentas tu discurso?

La maldad que llega desde instituciones, como la Real Academia Española de la Lengua. Instituciones pagadas por todos. También por nosotros, por los padres y/o profesores que somos insultados por afirmaciones como las tuyas. Que no somos talibanes y que jamás, absolutamente jamás, educaremos a nuestros hijos o a nuestros alumnos en el odio, a nada, ni a nadie. Que somos hijos o nietos de andaluces, aragoneses o extremeños y que nunca, jamás, aunque a ti probablemente te gustara, nos oirán pronunciar una sola palabra de odio en contra de España. Escucharte es indignante, profundamente indignante. Entre otras razones porque tu discurso es idéntico a otros que sólo buscan la confrontación. Pero no la confrontación de ideas, que puede llevar al diálogo, sino la confrontación que lleva a la negación del otro. Es la maldad a disposición de peligrosas campañas de desprestigio en favor… ¿de qué? ¿Del odio real? ¿Del que se puede inocular en el inconsciente colectivo con la paciencia de un alquimista? ¿Quién separa, Félix? ¿Quién separa?

Es la maldad. No es la ignorancia. La ignorancia no es hija de la maldad. La ignorancia quizá sea hija de la desidia, del desinterés, del exilio en contra del crecimiento intelectual y de la exploración de nuestros límites. Pero la ignorancia no es malvada. Quizá es primigenia, quizá es atávica, porque ignorantes siempre los ha habido. Y es que, de alguna manera, todos somos ignorantes. Porque en demasiadas ocasiones nos creemos expertos en los pensamientos y en los sentimientos ajenos cuando ni siquiera somos capaces de rascar la superficie. Entramos sin llamar a la puerta en domicilios ajenos, en escuelas ajenas, en procesos educativos que miramos a 600 Km físicos y a años luz intelectuales. Es la maldad que se emplea como instrumento de control. Porque la maldad sabe cómo generar miedo, cómo amplificar la mentira para que se acabe convirtiendo en odio a ojos del ignorante. Es la maldad la que realmente hace daño. Por eso la maldad es profundamente detestable.

La maldad. Félix, es la maldad. La maldad que llega desde la letra H de la RAE. La letra que no suena. La que quizá debería ser más discreta, más silenciosa. Alguna vez tendremos que hacer caso a Einstein cuando dijo que “el mundo no está en peligro por las malas personas, sino por aquellas que permiten la maldad”. Yo añadiría, por supuesto, que sobre todo está en peligro por aquellas que la generan. La maldad, Félix. La maldad.

Àlex

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