Un mundo de Playmobils #Prejuicios #Estereotipos

mundano

Aquél día nuestro protagonista se levantó completamente transformado. Pero a diferencia de Gregor Samsa no se despertó con aspecto de enorme insecto. Al mirarse en el espejo se percató de que se había convertido en un Playmobil. Tras experimentar un intenso escalofrío, respiró tranquilo al levantarse el pegote de plástico que simulaba el cabello y descubrir que tenía cerebro. Una vez asimilado el extraño hecho, debió acostumbrarse a su nuevo cuerpo. Descubrió que no podía doblar las piernas y eso le hacía caminar como un torero con dolor de próstata. Lo peor fue probar esas extrañas manos con las que están dotadas los Playmobils. Sujetar un cubata se hacía imposible y orinar se convertía en todo un suplicio.

Lo peor de todo, sin embargo, fue socializarse con otros Playmobils. La carencia de cerebro les dificultaba enormemente la convivencia. Para empezar, vivían atenazados por los prejuicios. Su enorme pereza mental provocaba que no quisiesen estar informados. Prescindían por completo de buscar datos que les permitieran eliminar esos juicios a priori que construían su visión distorsionada de la realidad. Y es que con los prejuicios vinieron los estereotipos. Los Playmobils azules opinaban que los Playmobils rojos eran unos vagos. Los naranjas eran famosos por su omnipresencia en todas las tertulias de la Playtelevisión y por sus furibundos ataques a los azules. De estos decían que eran unos tacaños. Los azules, por su parte, afirmaban que ellos eran simpáticos y que tanto los rojos como los azules tenían una crisis de convivencia que provocaba una fractura social. Los blancos apostaban por la unidad de la patria de los Playmobils pero, al mismo tiempo, no querían que los amarillos votasen porque, como no se habían cansado de repetir, habían venido a robar y a quedarse con el trabajo de todos.

Nuestro protagonista se hallaba totalmente confundido en ese mundo lleno de prejuicios, de estereotipos y de discriminación. Evitaba pensar que sólo eran Playmobils con problemas de movilidad y un peinado horrible. Prefería verlos como simpáticos, llenos de color, con maravillosos disfraces y decenas de profesiones. Podrían haber formado una sociedad perfecta. No obstante, se obstinaban en autoelegirse como sociólogos profesionales, categorizando sin ningún tipo de prueba su mundo diminuto. De esta manera, vivían con miedo la diferencia. Por poner un ejemplo, muchos Playmobils azules se cambiaban de acera cuando se cruzaban con uno amarillo. Había circulado el rumor de que todos eran unos delincuentes, aunque nadie lo había demostrado con datos. Eran sólo prejuicios. Nuestro protagonista sabía que había Playmobils simpáticos, antipáticos, valientes, cobardes, solidarios o egoístas en los muñecos de todos los colores. Pero ser un Playmobil con cerebro no le garantizaba poder convencerles de lo contrario. Para ellos era más fácil ver el mundo así. La complejidad les atenazaba, la diversidad les sacaba de su zona de confort mental y la posible aceptación de que, al final, todos eran Playmobils, era algo que evitaban.

Al final, nuestro protagonista aprendió a beber cubatas sin mancharse y a apuntar correctamente cuando orinaba. Llegó, incluso, a echar de menos un Playmobil de Kafka en un mundo de ignorantes.

– “Pero que venga con cerebro”, pensó mientras dibujaba círculos en la barra del Playbar.

Àlex

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