Hasta los huevos

viva

Había una vez un país precioso en el que vivían unos huevos. Eran blancos pero no se sentían especialmente orgullosos de ser blancos. En realidad les daba igual. Ser blancos no les garantizaba nada en el modelo social que habían querido establecer. Sabían, eso sí, que con esfuerzo, estudiando, aprendiendo, labrándose una carrera laboral, podían ser felices en su país de huevos.

Poco a poco empezaron a llegar otros huevos al país de los huevos blancos. Estos huevos eran rubios. Habían tenido que huir de su país de huevos rubios por muchas razones: guerras, pobreza, regímenes totalitarios… Algunos de esos huevos rubios tenían incluso carreras universitarias que en su país de huevos rubios no podían ejercer profesionalmente. Los huevos rubios querían un futuro mejor. Aspiraban a cierta felicidad ya que en su país las cosas estaban muy complicadas.

Afortunadamente, la mayoría de los huevos blancos comprendía la situación. Había aceptado que los huevos rubios se incorporasen al mercado laboral y al sistema de seguridad social, entre otras cosas porque, trabajando legalmente y comprando cualquier tipo de productos, contribuían con sus impuestos al bienestar de todos. Seguramente, no todos los huevos rubios vivían de acuerdo a las leyes establecidas en el país de los huevos blancos. Pero eso también sucedía con los nativos. Nativos con corbata y millones en Suiza. Muchos huevos rubios, por su parte, también habían aceptado trabajar como mano de obra barata, por debajo de sus capacidades profesionales. Lo cierto, eso sí, es que la crisis había afectado negativamente a todos. Y daba igual si eras blanco o rubio. El paro y la corrupción habían llenado de desesperanza a los huevos, especialmente si eras un huevo de clase media o baja. La convivencia entre huevos blancos y rubios dependía de la buena voluntad de todos.

Pero, entre todos los huevos blancos, había unos claramente perjudiciales. Eran los huevos racistas que se dedicaban a desplazar la culpa de sus carencias a los huevos rubios. Quizá habían abandonado los estudios demasiado pronto (o eran los estudios quienes les habían abandonado a ellos). Quizá no tuviesen iniciativa y talento para crear empresas. Quizá su contribución al sistema no fuese más que crear odio y dificultar la convivencia. Eran unos huevos ignorantes, acomplejados y olían a naftalina. Su principal misión en la vida era apoyarse en tópicos dada su manifiesta incapacidad para entender la realidad. Sólo hablaban de unidad, de banderas y de patriotismo. Eran unos huevos detestables.

Moraleja del cuento: en temas como la convivencia, es importante no tocar los huevos.

Àlex

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