Minionlengua

césar

Estimados, o no, catalanófobos:

Os propongo un trato. Ya sé que lo de pactar no lo lleváis precisamente en el ADN pero os pido un cierto esfuerzo mental para llevarnos bien. “Es triste de pedí, pero más triste es de robá”. El trato es el siguiente: como os resulta imposible aceptar, entre otras cosas, que el catalán es una lengua y que, además, es la lengua propia de Catalunya y, teniendo en cuenta que afirmar alegremente que el catalán constituye un dialecto del castellano representa todo un insulto al precioso ámbito de la lingüística, os propongo encontrar un nombre nuevo para definir el catalán. ¿Hace? ¿Os parece bien el neologismo de Minionlengua?

Hay dos razones en esta propuesta. La primera es que tenéis el mismo nivel de comprensión hacia el catalán que el que tenemos todos hacia la lengua de los Minions. Lo cual resulta curioso porque si el catalán fuese un dialecto del castellano, lo entenderíais y, si lo entendieseis, quizá no daríais tanto el coñazo. Y es que no se ha visto semejante obsesión con algo desde que Franco se empeñaba en ir constantemente al lavabo. Con el temblor que tenía en las manos, se lo pasaba bomba cada vez que orinaba. ¡Arriba Esp…. ahhhhh!

La segunda razón que me lleva a proponeros el nombre de Minionlengua es que los Minions caen bien a todo el mundo. De esta manera, cada vez que escuchéis a alguien hablar en catalán, recordaréis la bonhomía minionera y no hará acto de aparición el talibán lingüístico que lleváis dentro. ¿Os mola la propuesta? Pensadlo bien. A partir de ahora, cuando participéis en alguna tertulia de 13TV o Interlobotomía, sólo tenéis que impostar la voz y decir que el catalán es una minionlengua que nació como una mezcla de provenzal arcaico y valenciano clásico. Que, traducido al ámbito gastronómico, sería como una paella valenciana gratinada con queso provenzal.

Y ya que estamos en esta dinámica de ninguneo, debo advertiros de algo que cambiará vuestra vida: los catalanes no existimos. Efectivamente, somos un holograma. Como la princesa Leia en una proyección de R2D2. Somos un efecto óptico, una curiosidad científica. Somos… no sé… un espejismo que desaparece cuando te acercas. Catalunya no existe. Y los catalanes, tampoco. Bueno… no sé si os lo creeréis pero negar la existencia del objeto de tu obsesión, es la mejor manera de que os olvidéis de vuestra adicción al menosprecio. Sé que se necesita tiempo pero se trata, sobre todo, de la aceptación de que tenéis un problema. A partir de ahí… bueno… cualquier médico os dará consejos: dieta sana, hacer deporte, no beber alcohol, hidratar vuestro cuerpo frecuentemente y no esnifar pegamento en los días pares (exceptuando el 18 de julio por lo de “un día es un día”). Venga, suerte con la terapia.

Àlex

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