Hooligan de la papiroflexia

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Era un mierdecilla. ¿Para qué nos vamos a engañar? En el colegio había suspendido hasta el patio y, ahora que rozaba los 25, había agotado todos los subsidios buscando trabajo desde el sofá de su casa. Se sabía Ni-Ni pero ni le quitaba el sueño, ni le importaba que se lo recordasen. A él lo único que le gustaba era la papiroflexia. Adoraba coger un papel y fabricar un avión, una pajarita o una figura decorativa. Sin embargo, aunque se había estudiado todos los videotutoriales del YouTube, no es que se le diera muy bien. La mayoría de aviones, de pajaritas o de figuras decorativas acababan convertidas en sus manos en una especie de buñuelo multiforma preparado para adherirse a un cuadro de Tàpies.

Pero, aún sabiéndose un negado para tal arte, su afición se vio amplificada cuando descubrió un club de papiroflexia. Allí iba todos los sábados y domingos para ver cómo trabajaban sus ídolos. Pronto se unió a otros mierdecillas como él: jóvenes abandonados a su suerte, con la cabeza vacía y el futuro lleno de incertidumbre. Jóvenes abandonados, de una u otra manera, por todos aquellos que no les debían haber abandonado, pero que aún así lo hicieron. Les abandonó el sistema educativo, sus padres, el mercado laboral. Les abandonó la autoestima. Les abandonó un cerebro que nadie logró cultivar.

No tardó en comprarse la camiseta y la bufanda de su club de papiroflexia. Vestido de azul aprendió a odiar a los seguidores del club de papiroflexia que vestía de rojo. Memorizó todos los cánticos, todos los insultos, todas aquellas consignas que otorgaban personalidad a una personalidad dimitida. Era feliz con su grupo de seguidores azules. El club les pagaba los desplazamientos para que animasen a los artistas de papiroflexia en el campeonato regular. Ellos lo agradecían defendiendo los colores, convirtiendo en una especie de religión aquella comunión de intereses comunes. Y llegó la violencia. Primero fueron las bengalas, una manera como otra de generar miedo escénico en la afición rival. Más tarde se infiltraron en el grupo jóvenes peligrosos. Algunos habían pasado su infancia en centros de menores, otros ya sabían lo que era un ingreso en prisión. Vendían drogas, consumían vacío, soñaban en negro.

Ahora, nuestro joven amante de la papiroflexia, se sentía fuerte, indestructible. Le encantaba que la gente cambiara de acera cuando el grupo se acercaba al local del club. Se emborrachaba con la sensación de ser un soldado dentro de un ejército poderoso que se había colado en sus carencias, ahuyentando de golpe aquellas noches de televisión de madrugada, cuando en su mente cruzaban sentimientos contradictorios y el olor a marihuana flotaba en el salón. Pero eso quedó atrás. Era joven, era fuerte, era el puto amo. Hasta aquel día.

El cielo insultó con estrellas. El aire olía a verano. La sangre le sabía a rayos. Un diente dejó un hueco en su huída. Silencio después de la batalla. Un cuerpo estirado en el suelo. Las luces azules de la policía que se acercan. Un último deseo: aviones de papel que vuelan en la noche de la gran ciudad.

Àlex

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