El caso del impertinente niño Félix

azúa

  • ¡¡¡Caca!!! ¡¡¡Culo!!! ¡¡¡Pedo!!! ¡¡¡Pis!!!

El aula de párvulos se quedó completamente en silencio. Todos los niños abandonaron sus juegos, sorprendidos por el grito del niño Félix. Tras unos segundos de confusión, Laura, la niña pelirroja de largas coletas y lacitos blancos, rompió a llorar. Federico, sin embargo, lanzó al aire una carcajada que contagió a cinco niños que se hallaban en ese momento creando una magnífica estructura con bloques de madera. La profesora no sabía qué hacer. El grito del pequeño Félix la había asustado igual que a Laura y durante unos instantes se quedó literalmente congelada mientras sujetaba una Nancy que alguien había dejado sin cabeza.

  • ¡¡¡Caca!!! ¡¡¡Culo!!! ¡¡¡Pedo!!! ¡¡¡Pis!!!

Esta vez fueron todos los niños al unísono quienes se empezaron a reír. Todos, menos Laura, que consolaba su congoja con un Mickey Mouse de peluche al que le faltaba una oreja.

  • ¡¡¡Caca!!! ¡¡¡Culo!!! ¡¡¡Pedo!!! ¡¡¡Pis!!!

El niño Félix se sentía observado, admirado y, hasta cierto punto, envidiado por su ocurrencia. Esas cuatro palabras tenían un cierto aire de tabú para aquellos niños de tres años y gritarlas en medio de una clase representaba para ellos toda una proeza con forma de rebeldía. La profesora no opinaba lo mismo, ya que no era la primera vez que ese niño imbécil le saboteaba la clase. Estaba más que harta de sus impertinencias. En una ocasión, después de haber roto a propósito un juguete y cuando la profesora se disponía a realizar la correspondiente reprimenda, le lanzó una frase que formó parte durante una semana de las conversaciones en la sala de café de los profesores. “Vete a vender pescado”, le dijo mostrando sus dientes de leche mientras dibujaba una sonrisa burlona. A la profesora le hubiese gustado darle dos bofetadas de las que provocan que las orejas tiemblen como un postre de gelatina. “Te voy a dar dos hostias: una por idiota y otra por si la pierdes”, pensó en aquél momento. La profesionalidad se impuso y únicamente le castigó sin patio.

  • ¡¡¡Caca!!! ¡¡¡Culo!!! ¡¡¡Pedo!!! ¡¡¡Pis!!!

Félix, el niño con gafas de pasta, se puso rojo y comenzó a toser a causa de la violencia de su grito. Esta vez la profesora no pudo reprimir su ira, le cogió fuertemente de su oreja derecha y lo sacó al pasillo. Los pies del niño impertinente apenas tocaron el suelo en este trayecto. Fue un vuelo sin motor por cortesía de la sufrida profesora de párvulos que intentaba realizar su trabajo en el aula de las ardillas.

Los gritos continuaron en el pasillo.

  • ¡¡¡Caca!!! ¡¡¡Culo!!! ¡¡¡Pedo!!! ¡¡¡Pis!!!

Se empezaron a escuchar las risas de los niños del aula de los leones, a las que se sumaron pronto las del aula de los tigres. El colegio se disfrazó de caos ante los gritos de ese niño mimado con tendencia al exhibicionismo más grotesco.

  • ¡¡¡Caca!!! ¡¡¡Culo!!! ¡¡¡Pedo!!! ¡¡¡Pis!!!

Sentado ya en el despacho de la directora, el niño Félix continuó gritando como si el mismo diablo se hubiese instalado en su pecho. Doña Dolores, una mujer que llevaba toda su vida en las aulas y por cuyas manos habían pasado niños y niñas de los cuales ahora muchos eran profesionales de éxito, se quedó mirando a ese niño rojo de ira, afónico, que tosía y que combinaba los gritos con unas incipientes lágrimas y unos mocos que colgaban de su nariz como lámparas chinas. La directora buscó la comprensión del techo con su mirada mientras verbalizaba en voz baja sus ganas de estrangularlo.

  • Ya es verdad lo que dicen, que los imbéciles están distribuidos estratégicamente para que te encuentres al menos uno al día, – afirmó mientras buscaba el teléfono de los padres del niño Félix-.

Àlex

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