La diversión según Carina Mejías

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Estimada, o no, Carina:

Resulta sorprendente comprobar a qué dedicáis las noches de los sábados algunos diputados. Ya sé que la alternativa de ver a Marhuenda o a Inda no resulta muy prometedora, pero juraría que existen posibilidades más divertidas que reírles las gracias a tuiteros con vocación de asesinos en serie (o en serio, según los casos). Porque, exactamente, ¿cuál es la idea de diversión en una diputada de Ciutadans? Si leer la sublimación de la violencia que los detritos del sistema abocan en las redes sociales es divertido, permíteme que te diga que no veía semejante idea de la diversión desde que Bret Easton Ellis se sentó delante de su ordenador para escribir American Psycho. Buena novela es pero… ¿divertida? Creo que no. Y si hay chistes, no los acabo de pillar.

Sin embargo, si le intentamos quitar hierro al asunto, lo que está en debate es la idea misma de diversión. ¿Qué es divertido? ¿Qué nos hace reír? ¿Qué provoca en nuestras sinapsis la sensación de que nos lo estamos pasando realmente bien? ¿Es divertido un monólogo homófobo de Bertín Osborne? No soy homosexual pero, por aquello de la empatía, me apostaría unas vacaciones con los hilarantes miembros del Tribunal Constitucional a que no. ¿Es divertido beberse diez cervezas y comenzar a dar vueltas sobre uno mismo ante la mirada de los colegas del bar? No lo sé. Quizás. Si lo haces durante un proceso de selección de trabajo, seguramente no te convendrá. ¿Es divertido reírse de la amenaza de unos usuarios de Twitter a unos políticos que no comparten contigo las mismas ideas? A riesgo de equivocarme, creo que no. Las amenazas, especialmente cuando llevan adscritas una carga violenta, no son divertidas. No hacen gracia. No tienen ningún tipo de conexión con los grandes cómicos. Buster Keaton era divertido. Harold Lloyd era divertido. Charlie Chaplin era divertido. Y no sólo era divertido, también tenía una conciencia social de la que algunos/as carecen por completo. ¿Recuerdas el inicio del famoso monólogo de “El gran dictador”?

Lo siento, pero yo no quiero ser emperador. Ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todo el mundo –si fuera posible–: a judíos o gentiles, blancos o negros. Tenemos que ayudarnos los unos a otros, los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás y no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos. La buena tierra es rica y puede proveer a todos.

¿Lo ves? Chaplin no habla de farolas, ni de degollar a nadie. Porque sabe distinguir perfectamente cuándo hay espacio para la diversión y cuándo hay que adoptar un discurso más serio. Por eso Chaplin sólo hay uno y políticos irresponsables hay demasiados.

Por cierto, ¿lo de “me parto” lo dices en un sentido literal o metafórico?

Àlex

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