Me has mirado mal

javi

Estimado, o no, Javi:

Unos de los momentos de mayor miedo que viví en mi adolescencia fueron los que me procuraron los autos de choque. Ya sé que son divertidos y que para un adolescente constituyen un buen lugar para ligar pero pululaba por la atracción una fauna extraña de la que nuestra pandilla intentaba mantenerse alejada. Esta fauna estaba formada por veinteañeros narcisistas, encantados de haberse conocido, cuya principal afición era buscar pelea. Y para lograrlo sólo necesitaban cuatro palabras: “me has mirado mal”. Y daba igual si eras miope, tenías cuatro dioptrías, astigmatismo, presbicia y estabas más borracho que un escuadrón de turistas en una despedida de soltero. El caso es que les habías mirado mal. Nunca supe exactamente a qué se referían. Sin embargo, para nosotros, adolescentes imberbes que encontrábamos en la feria del pueblo una oportunidad para sentirnos mayores al volante del único coche que podíamos conducir, estos chulos de pacotilla eran nuestro Leviatán particular.

Seguramente, si alguien nos habla del fascismo, el cajón de nuestro cerebro en el que guardamos aquello que detestamos recordar, se abrirá para traernos señores con cara de odiar el mundo, estética agresiva y conductas irracionales. Pero el fascismo de baja intensidad también está presente en aquellos que se autoeligen como detectores de lo que resulta o no provocador. Y, sobre todo, el fascismo se manifiesta cuando, una vez etiquetada alguna actuación como provocadora, cualquier conducta racional queda suspendida en favor del uso de la violencia. El problema, además, es que esta estirpe de los “me has mirado mal” tiene un umbral de provocación muy bajo para lo que les interesa. De esta manera, para ellos resulta provocador, por ejemplo, que alguien hable catalán, que dos hombres o dos mujeres se besen, que las chicas lleven determinada ropa o que hayas tenido la osadía de abandonar tu país para buscar trabajo en éste. Cualquier excusa es buena para justificar la agresividad.

No, Javi, la directora de El Jueves no se merecía ninguna agresión y tú no eres nadie para juzgar lo que es una provocación. Entre otras cosas porque, mucho más allá de la provocación está la libertad de expresión. Y si unos monigotes constituyen una provocación es que estamos muy, pero que muy mal.

No me gustan las personas que no son capaces de reírse de sí mismas y lo mismo me sucede con las sociedades. Es evidente que no me gusta que se rían de mí, ni de mi lengua, ni de mi cultura, ni de los cientos de grupos humanos a los que de una manera u otra pertenezco. Porque hay tantas maneras de categorizar a la gente como personas habitan en este mundo. Pero las provocaciones sólo existen cuando uno no es capaz de interiorizar la divergencia con su sistema de creencias.

En fin, ahora que soy adulto sólo espero no tener que escuchar las puñeteras cuatro palabras: “me has mirado mal”. Excepto si se trata de mi oftalmólogo, claro.

Àlex

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