El relato oficial

wasp

Estimado, o no, WASP:

Una de las obligaciones que tenemos, no ya los independentistas, sino los catalanes en general, es combatir el relato oficial que se ha impuesto desde el poder estatal. Los catalanes contamos con una perspectiva de la que se carece en el resto de lo que ahora es España: podemos confrontar el relato unionista con el independentista. Podemos ser espectadores, oyentes o lectores de todos los medios de comunicación. Tenemos la posibilidad de escuchar lo que se dice en los debates de la Sexta, de Intereconomía o de Antena 3. Podemos ver las portadas de todos los periódicos y sintonizar emisoras de ámbito estatal. Sin embargo, el discurso independentista sólo es contemplado en los medios de comunicación estatales para distorsionarlo, tergiversarlo o, en el mejor de los casos, para realizar entrevistas agresivas a sus líderes buscando, no tanto escuchar, sino recriminar sus reivindicaciones. El ejemplo perfecto fue la entrevista que realizó Ana Pastor a Artur Mas el pasado mes de septiembre de 2015. Cuando el expresidente de la Generalitat inquirió a la periodista si no le iba a preguntar por las ventajas de una Catalunya independiente, Ana Pastor no tuvo más ocurrencia que decir: “no, la propaganda aquí no”. Perfecto. Periodismo objetivo. Periodismo al que le gusta conocer las múltiples caras de la realidad.

En ese sentido, no es de extrañar que muchos hayamos llegado a la conclusión de que la pedagogía se ha agotado y de que ya no hay tiempo para justificar la ilusión que se abre ante la posibilidad de crear entre todos un nuevo estado que no se sitúe como contrincante, sino como aliado para obtener un modelo social realmente consensuado y no impuesto por viejos esquemas. Y es que, cuando leo determinados tuits o escucho muestras de ese discurso que se ha intentado imponer, no puedo evitar que algo se remueva en mi alma. Los independentistas, por definición, no somos demonios, no pertenecemos a una subclase social incapaz de pensar por sí misma, hemos viajado, hemos leído, tenemos estudios, pensamos por nosotros mismos, queremos lo mejor para nuestros hijos, tenemos conciencia social y nos preocupa el futuro. Si esto no fuese así, nos quedaríamos en casa, quejándonos de todo como deporte pero enganchados al conformismo como arma de combate. Engancharíamos el culo al sofá con el pegamento del “medaigualtodo” dispuestos a esperar que el tiempo cambiase aquello a lo que habríamos renunciado a cambiar.

El relato oficial, como la mayoría de relatos oficiales en todos los países, es poderoso porque cuenta con una eficiente máquina publicitaria detrás. Pero otra cosa es la realidad, que se empeña, una y otra vez, en desmentirlo. Quizá, amigo desconocido, un día vivas en Catalunya. Será entonces cuando, si pones en cuarentena tu arquitectura de prejuicios, tendrás la oportunidad de confrontar el relato oficial con el día a día de aquellos que vivimos aquí. Paseando por sus calles descubrirás que la vida no es muy diferente de la vida en tu localidad. Verás a gente paseando o sentada en las terrazas, hablando en catalán, en castellano, en inglés, en francés (es lo que tiene la globalización). Asistirás al increíble espectáculo de la vida en el que la gente sonríe o pone cara de mal humor por un tráfico que no acaba de mejorar. Escucharás a niños jugando en castellano o en catalán con sus amigos y verás a familias de una enorme variedad de orígenes. Buscarás un quiosco para comprar un periódico y te darás cuenta de la amplia oferta de publicaciones en castellano. No sé si, de repente, tendrás la curiosidad de buscar una revista de automóviles, o de informática, o de bricolaje en catalán y si la dificultad en encontrarlas provocará algo en tus creencias preconcebidas. Son sólo pequeños ejemplos, anécdotas si quieres, pero es que la realidad es la suma de todas esas pequeñas historias. No una, sino millones.

Hay dos mecanismos mentales que los humanos activamos en una muestra de la incapacidad con la que nacemos para comprender realmente el entorno que nos ha tocado vivir. El primero de estos mecanismos consiste en simplificar. Convertimos en binaria una realidad compleja. Así, evitamos los matices, las gamas, aquello que transforma en relativo hasta el más insignificante detalle. Nos asusta el relativismo. Preferimos ver el mundo dividido en buenos y malos, como en una película Disney. El segundo de los mecanismos es la categorización. Nos inventamos cajones en los que depositar ideas como si la vida fuese una enorme ferretería en la que precisamos encontrar rápidamente un determinado tipo de tornillos. De este modo, separamos a los seres humanos por razas, por ideas políticas, por sexo, por religión… Es una manera de saber si nos parecemos o no a ellos y si pueden desequilibrar o no nuestro confortable mundo de prejuicios. ¿No podemos estar en miles de cajones a la vez? ¿No somos todos uno y uno todos? Si a algo no renunciamos, es a encontrar argumentos que justifiquen nuestras teorías. Cuando, estoy convencido, de que el verdadero crecimiento intelectual sólo se puede aspirar a alcanzar si entra en crisis aquello que presumíamos como inquebrantable.

La escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie narra en su conferencia TED, “El peligro de una sola historia”, una anécdota maravillosa sobre los prejuicios sobre los que se construyen los relatos oficiales. Explica que en una charla en una universidad americana un joven le dijo que era una vergüenza que los nigerianos fuesen unos maltratadores como uno de los personajes de su novela. Ella le respondió que acababa de leer una novela llamada “American Psycho” y que era una vergüenza que los jóvenes americanos fuesen asesinos en serie.

Àlex

Em pots seguir al Twitter @blogsocietat i també al Facebook