Menú a 11 euros

felipe

Estimado, o no, ciudadano:

Es de agradecer que hayas querido tener una muestra de cercanía con el pueblo parándote a comer en un bar de carretera. Ahora, a la vieja máxima de “hay que comer en el lugar en el que veas muchos camiones aparcados” se deberá sumar la de “hay que comer en el lugar en el que veas aparcado el cochazo oficial del rey y su séquito de guardaespaldas”.

Pero, sobre todo, tenemos que agradecer que no te dejes llevar por el postureo de un político en campaña, cuando le vemos visitando mercados o dando besos a niños pequeños que lloran ante semejante trauma. En tu caso resulta innecesario. Al fin y al cabo, nadie te votó, y a día de hoy no hay posibilidades de que los ciudadanos españoles tengan la oportunidad de decidir si te quieren o no como jefe del Estado. Es como presentarse a un casting de Factor X sabiendo que todos los jueces son hermanos. Ya puedes cantar como Kiko Rivera comiendo polvorones, que el acceso al concurso lo tienes asegurado.

Tú y yo tenemos la misma edad. Eso significa que ambos escuchábamos a Parchís y que ambos sabemos que “El libro gordo de Petete” no es la biografía de Rajoy. Por eso presumo que, con 48 tacos, no nos llena de placer que insulten nuestra inteligencia. Llámalo manía, obsesión, dignidad… La verdad es que, cuando uno ya ha visto demasiadas cosas, evita llenar su cerebro con determinadas imágenes.Y es que verte sonriendo al lado de unas humildes empleadas de un bar de carretera es algo que me cuesta interiorizar. Como te decía, llámalo manía, obsesión, dignidad…

Resulta curioso investigar cómo la monarquía se ha relacionado a lo largo de la historia con sus súbditos. La lejanía ha sido la tónica dominante. Se debía dejar claro quién mandaba y quién obedecía. Y lo de mezclarse con el populacho se guardaba para ocasiones muy especiales, del tipo “me he casado, miradme y, sobre todo, admiradme. Yo soy rey y vosotros, no. Es lo que tienen los espermatozoides”. Pero de todas las formas que la monarquía ha elegido para acercarse a los nobles o, incluso, al pueblo llano, yo me quedo con la de Luis XIV. Si el rey necesitaba orinar o defecar, lo hacía en público y había quien se ocupaba de pasarle el algodón por lo que vendría a ser el culo real. Se aprovechaba incluso de esa necesidad tan humana para conceder audiencias, fuesen a familiares, cortesanos solicitantes o embajadores extranjeros. Ese gesto era considerado como algo impagable y del mayor honor. Ya sé que era el siglo XVII pero la única diferencia respecto a nuestro siglo es que se ahora se podría aprovechar para hacer un Periscope. Es sólo una idea, obviamente.

Àlex

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